No podría haber leído este libro en un momento mejor. Bueno, bien pensado, seguramente fuera cual fuera el instante elegido para abrir sus tapas y perderse entre oxitocinas, cortisoles, estrógenos y demás, mi vida -siempre agitada sentimentalmente- hubiera poseído un excelente caso con el que ejemplificar todo lo que mis ojos se limitaban a leer. Y así es. Mi montaña rusa emocional vuelve a estar en marcha. Y las páginas de El Cerebro Femenino -al que también podríamos llamar Lavado de Cerebro Femenino- avanzan a la par.
Conocí a alguien. De hecho nos conocíamos desde hacía varios meses, trabajábamos juntos y éramos vecinos de bungalow. Nunca saltó la chispa, nunca lo vi como proyecto de nada, jamás me sentí ni un poco atraída por él (ECF diría que es porque no vi en él las cualidades de un hombre capaz de mantener la estabilidad de la prole; yo digo que fue porque estaba distraída evaluando las capacidades protectoras de algún otro varón). Hasta que se iba, hasta que empezó la cuenta atrás para que se trasladara a trabajar a la otra costa del país. Entonces algo cambió. En ambos. Y tras varios juegos de seducción -algunas pelotas en su tejado, muchas patatas calientes en mis manos, ciertos tira y afloja y algún que otro farol- pasó lo inevitable. La historia en sí duró un día y medio, récord algo triste que disparó el interés y lo multiplicó por mil (porque la oxitocina cae en picado con la separación, según ECF, lo que crea un síndrome de abstinencia similar al que provocan las drogas o el alcohol). Nos despedimos en el puerto. Y cuatro palabras, cien besos y mil abrazos más tarde, me pidió que me fuera a Khao Lak a vivir con él.
Nos separamos y, aunque las ausencias en Koh Tao se superan extrañamente rápido, algo de él siempre estuvo ahí (la retirada neuroquímica seguía manteniéndome enganchada). El contacto era diario. Y él seguía lanzado planes de futuro para ambos que yo me limitaba a cazar al vuelo y meditar en la soledad de mi habitación. Cierto día, el sentido común se acabó imponiendo a mis instintos hormonales. Decidí que, si debía pronunciarme a razón de sus proposiciones -no ya sólo el irme a vivir a la otra costa, cosa que cada vez tenía más descartada, sino a otros planes que incluían el irnos a Indonesia juntos al final de la nueva temporada-, antes tenía que cerciorarme de que lo nuestro era real, no una ilusión provocada por una corriente de serotonina desbocada y fuera de control.
Y aquí estoy. En Khao Lak. Poniendo a prueba mis armas de mujer, mis nervios, mi paciencia, mi progesterona y mi cortisol. El encuentro fue maravilloso las cuatro primeras horas, frustrante las ocho siguientes y, de ahí en adelante, desolador. Mi dopamina seguía creyéndose todo lo que él me dijo; su testosterona estaba ya en otros derroteros -en su nuevo trabajo, en su nueva ciudad, sus nuevos retos, en una nueva ambición-. De repente, yo y mis hormonas no teníamos cabida en su camino. Su oxitocina nunca estuvo en cantidades tan grandes como la mía -ya que es notoriamente más alta en la mujer que en el varón-. Y fue menguando en el mes que estuvimos separados hasta desaparecer por completo, mientras yo seguía teniendo una pequeña reserva que con un simple abrazo podía volver a ponerse en acción.
Hoy, volvemos a ser simplemente amigos. Pero yo necesito descargar mi cortisol.