viernes 30 de octubre de 2009

Barcelona 2.0

Cuando me fui de Barcelona, a ésta le bastaba con su nombre de pila y no necesitaba ningún apellido. Cuando la vi por última vez, eso del 2.0 sonaba simplemente a algún término informático o a un yogurt con un porcentaje de grasa algo más alto de lo normal. Cuando me despedí de ella, la llamé casa y me fui en busca de un hogar. Al decirle hola de nuevo, la nombré vacaciones y he encontrado algo más. Me fui de Barcelona, he regresado a Miss 2.0 y, sin embargo, ni ella ha cambiado tanto ni yo sigo tan igual.


Nos hemos encontrado. Por fin, nos hemos encontrado. Como dos amantes que se dan la espalda por repetitivos, reiterativos y rutinarios. Y que tras una larga separación vuelven a comerse a besos aprovechando todos los semáforos. Barcelona y yo estamos en pleno idilio. Nos hemos echado de menos sin saberlo; sin ser conscientes, nos hemos añorado.

Barcelona 2.0 es el futuro. ¿También el mío?

(La respuesta próximamente. No por hacerme la interesante, sino porque no lo sé. Siento que la amo -y eso es ya de por sí un gran paso-, pero como por todos es bien sabido que yo no me caso con nadie, antes deberé descubrir hasta qué punto es capricho, deseo, enchochamiento, amor verdadero o amor esclavo).

domingo 25 de octubre de 2009

De Madrid a Barcelona -o al cielo-

Barajas. Doce del mediodía. Tras dieciséis horas de vuelo, nueve horas de escala en London y otro avión mucho más llevadero, aterrizo en la capital. Vuelvo a España. Año y medio más tarde de que la abandonara por un par de meses. Nunca me despedí de ella. Siempre pensé que volvería en breve; siempre supe que iba a tardar en volver. Y tardé. Aterrizo en Barajas, intento concienciarme de la importancia del momento, me obligo a emocionarme sin éxito, creo que debería llorar. Pero no lo hago. El único momento en que me resbalan un par de lágrimas mejillas abajo es al pisar el aeropuerto de London y sentir el frío atizándome la piel -¿Quién me mandaría volver a casa en invierno?-. En Madrid no lloro. En Madrid no me emociono. En Madrid siento que nunca me he ido.

Madrid ha sido una buena idea. Una escala más de mi viaje pero en mi propio país. Un regreso por etapas. Un disfrutar de los placeres españoles sin estar todavía en casa. Madrid ha sido Javier. Callejear por el bullicio de una gran ciudad europea y volver a sentirme parte de ese hormigueo. Madrid ha sido ir de tapas y de vinos, volver a beber agua del grifo, tomar cañas bien tiradas y gin tonics que saben rico. Madrid ha sido volver a llevar ropa de invierno. Volver a pasearme entre obras de arte en la exposición “Lágrimas de Eros”, ir al cine y dejarme absorber por “Ágora”, perderme por las casetas de libros del Retiro. Madrid ha sido mi primera dosis cultural en mucho tiempo. Madrid ha sido, también, escapar de la ciudad y refugiarme en los aires medievales de Segovia. Dormir en un hotel con encanto de Pedraza, comer cordero asado en un asador de pueblo, un paseo entre buitres en la ermita de un santo cuyo nombre no recuerdo. Madrid han sido risas de madrugada. Ha sido volver a mezclarme con el estilo de vida español. Ha sido darme cuenta de lo mucho que lo había echado de menos.

Madrid ha sido Dod. Este post lleva dedicatoria y agradecimiento.

lunes 19 de octubre de 2009

Kuala Lumpur: entre dos aguas

Varios adioses en el puerto. Una única maleta de 10 kilos. Mickey que se viene conmigo. Siete horas en ferry. Suratthani. Dos autobuses rotos por el camino. Hat Yai. Veinticinco horas en total -noche, día, noche-. Y, finalmente, entre las sombras, Kuala Lumpur: mágica, arrolladora, contundente. Como siempre. Como ya lo era la primera vez. Las Petronas, de nuevo. Starbucks. Menara Tower. El monorail. Equator GH -mi fotografía sigue coronando la pared-. Cervezas con Haydi. Palomitas en un cine -por primera vez en diez meses-. Comida india en la calle. Shopping en Times Square.

Kuala Lumpur. Esa ciudad que ya me intrigara desde que se la oyera pronunciar a la presentadora de Nosólomúsica de aquel modo tan sensual. Esa ciudad a la que vuelvo sin remedio una y otra vez. Esa ciudad en la que algún día viviré.


Kuala Lumpur. La primera escala de mi largo viaje de vuelta a Barcelona. Un mundo casi occidental pero todavía en Asia. Mi limbo particular. Mi refugio. Mi último adiós. Mi casi hola.


En veintiocho horas -¡veintiocho!-, Madrid.

viernes 16 de octubre de 2009

Koh Tao, hola y adiós

De regreso en Koh Tao, la calma se instala en mi vida. Pero no es sólo una calma de “hogar, dulce hogar”, de “se acabó”, de “lo que me he sacado de encima”. No es simplemente un suspiro de alivio. No es únicamente pegarse una ducha, ponerse ropa cómoda y desmayarse en el sofá. Es algo más. Es una extraña calma que anuncia tempestad. Lluvia de recuerdos, truenos de risas lejanas, relámpagos como flashes de instantáneas empolvadas, tormenta emocional. Es una calma que avecina altos y bajos. Una calma puente: de las emociones del pasado a las que me embargarán con mi inminente viaje a España. Una calma jueves. Una calma que separa. Una calma que se instala entre dos grandes momentos de mi vida: Koh Tao y Barcelona. Mi isla adoptiva y mi tierra natal.

Estoy introspectiva. Y cuando estoy así, me da por añorar. Echo de menos a todos y cada uno de los que han compartido conmigo algún momento de estos trescientos siete días. Echo de menos las tres casas en las que he vivido, los cuatro colchones en los que he dormido, los cientos de porches en los que me he sentado a ver la tarde morir. Echo de menos la eterna carcajada de Imma -y sus broncas, sus llamadas constantes, sus macarrones a la boloñesa, sus bailoteos, sus ideas descabelladas, su energía sin fin-. Echo de menos el abrazo reconfortante de Josi. Echo de menos a Tim. Echo de menos los atardeceres rojos, las lluvias torrenciales a través de la ventana, el sol radiante, el viento como lobo enfurecido queriendo derrumbar a soplidos las paredes de mi bungalow. Echo de menos mis días de DMT. Echo de menos las cenas de cumpleaños, las copas de bienvenida, las fiestas sin motivo ni razón. Echo de menos Shark Bay, echo de menos Aow Leuk, echo de menos Hin Wong. Echo de menos los madrugones para coger un barco, conducir mi moto cuando el día amanece y ser testigo privilegiado de la luz arrancando colores imposibles a los cocoteros que despiertan a mi alrededor. Echo de menos las Shingas. Echo de menos el crispy pork with curry con, por supuesto, one fried egg on top. Echo de menos los cuentos de Pata -cuando se deslizaba a mi lado en la cama, me acariciaba, me contaba historias inventadas y me daba calor-. Echo de menos Chumphon. Echo de menos mi hamaca, el verde, García Márquez y el tiempo detenido en mi reloj. Echo de menos a los tiburones ballena. Echo de menos saltar al agua y sentir emoción. Echo de menos a Dani. Echo de menos mi trabajo de Dive Master. Echo de menos mis días en el curso de Instructor. Echo de menos el Muay Thai, el wake boarding, los intentos de escalada, los días de caminata bajo el sol. Echo de menos los ojos achinados Eveliina -y su sonrisa subacuática siempre liderando cualquier inmersión-. Echo de menos mi mosquitera verde, mi dry bag roja, mis sandalias sin forma ni color. Echo de menos caminar descalza. Echo de menos a Mónica -mi amiga, mi cómplice, mi hermana mayor-. Echo de menos a algunos de mis estudiantes. Echo de menos los batidos de frutas. Echo de menos las noches tranquilas de “Mujeres Desesperadas” o de “Sexo en Nueva York”. Echo de menos los geckos. Echo de menos a Silvia y nuestras conversaciones sobre pelos, mocos, granos o temas cuanto más escatológicos mejor. Echo de menos el Lotus. Echo de menos dormirme con el silencio de la jungla rugiendo a mi alrededor. Echo de menos mi cama. Echo de menos despertarme con la luz del día entrando a través de la ventana cual ladrón.

Hasta pronto, Koh Tao. Mi tierra biológica me llama. Pero en poco más de un mes volveré a mi isla de adopción. Hasta entonces, cuídate -que el monzón no te hunda las raíces en la escarcha-; yo prometo no dejarme comprar por las benevolencias de mi patria. Prometo volver a ti con más matices en el alma, con más colores en los ojos, con más arrugas en el corazón.

viernes 9 de octubre de 2009

El Cerebro Femenino

No podría haber leído este libro en un momento mejor. Bueno, bien pensado, seguramente fuera cual fuera el instante elegido para abrir sus tapas y perderse entre oxitocinas, cortisoles, estrógenos y demás, mi vida -siempre agitada sentimentalmente- hubiera poseído un excelente caso con el que ejemplificar todo lo que mis ojos se limitaban a leer. Y así es. Mi montaña rusa emocional vuelve a estar en marcha. Y las páginas de El Cerebro Femenino -al que también podríamos llamar Lavado de Cerebro Femenino- avanzan a la par.

Conocí a alguien. De hecho nos conocíamos desde hacía varios meses, trabajábamos juntos y éramos vecinos de bungalow. Nunca saltó la chispa, nunca lo vi como proyecto de nada, jamás me sentí ni un poco atraída por él (ECF diría que es porque no vi en él las cualidades de un hombre capaz de mantener la estabilidad de la prole; yo digo que fue porque estaba distraída evaluando las capacidades protectoras de algún otro varón). Hasta que se iba, hasta que empezó la cuenta atrás para que se trasladara a trabajar a la otra costa del país. Entonces algo cambió. En ambos. Y tras varios juegos de seducción -algunas pelotas en su tejado, muchas patatas calientes en mis manos, ciertos tira y afloja y algún que otro farol- pasó lo inevitable. La historia en sí duró un día y medio, récord algo triste que disparó el interés y lo multiplicó por mil (porque la oxitocina cae en picado con la separación, según ECF, lo que crea un síndrome de abstinencia similar al que provocan las drogas o el alcohol). Nos despedimos en el puerto. Y cuatro palabras, cien besos y mil abrazos más tarde, me pidió que me fuera a Khao Lak a vivir con él.

Nos separamos y, aunque las ausencias en Koh Tao se superan extrañamente rápido, algo de él siempre estuvo ahí (la retirada neuroquímica seguía manteniéndome enganchada). El contacto era diario. Y él seguía lanzado planes de futuro para ambos que yo me limitaba a cazar al vuelo y meditar en la soledad de mi habitación. Cierto día, el sentido común se acabó imponiendo a mis instintos hormonales. Decidí que, si debía pronunciarme a razón de sus proposiciones -no ya sólo el irme a vivir a la otra costa, cosa que cada vez tenía más descartada, sino a otros planes que incluían el irnos a Indonesia juntos al final de la nueva temporada-, antes tenía que cerciorarme de que lo nuestro era real, no una ilusión provocada por una corriente de serotonina desbocada y fuera de control.

Y aquí estoy. En Khao Lak. Poniendo a prueba mis armas de mujer, mis nervios, mi paciencia, mi progesterona y mi cortisol. El encuentro fue maravilloso las cuatro primeras horas, frustrante las ocho siguientes y, de ahí en adelante, desolador. Mi dopamina seguía creyéndose todo lo que él me dijo; su testosterona estaba ya en otros derroteros -en su nuevo trabajo, en su nueva ciudad, sus nuevos retos, en una nueva ambición-. De repente, yo y mis hormonas no teníamos cabida en su camino. Su oxitocina nunca estuvo en cantidades tan grandes como la mía -ya que es notoriamente más alta en la mujer que en el varón-. Y fue menguando en el mes que estuvimos separados hasta desaparecer por completo, mientras yo seguía teniendo una pequeña reserva que con un simple abrazo podía volver a ponerse en acción.

Hoy, volvemos a ser simplemente amigos. Pero yo necesito descargar mi cortisol.

jueves 8 de octubre de 2009

Ensayo sobre la pereza

Enric llegó desde Delhi para recordarme cuánto lo echaba de menos. Enric aterrizó en Koh Tao para enseñarme de nuevo que el escenario da igual cuando se trata de dos amigos compartiendo un rato. Enric se desplazó hasta mí para revelarme lo que es importante. Enric vino a traerme un poco de la Olga de antaño. Y no fue hasta entonces que caí en lo mucho que la había añorado.

Ahora me parece mentira pensar que un día, no hace tanto, existió una Olga que le sacaba 25 horas al día, 8 días a la semana y 366 días al año (367 los bisiestos). Que existía alguien que se llamaba como yo que trabajaba entre semana como redactora en un diario, que el fin de semana se sacaba un extra sirviendo copas en una discoteca, que estudiaba una segunda carrera y cursaba un posgrado dos tardes por semana. Alguien que, además, iba al gimnasio cada día, veía a sus amigos a menudo, tenía sus escarceos amorosos y siempre encontraba algún rato para dedicarse a sí misma. Alguien que disfrutaba con el estrés y con las manillas del reloj pisándole los talones. Alguien que adoraba los deadlines. Alguien al que la adrenalina de las prisas le recargaba las pilas.

Esa fui yo durante una larga etapa de mi vida. Lo fui, lo sé y, sin embargo, me cuesta reconocerme en esa imagen difuminada que ahora se me antoja tan lejana. Mi alter ego. Recuerdo que fui feliz así, que disfrutaba sintiéndome una superwoman capaz de todo, una mujer de su época -arrolladora, competente, polifacética-, el embrión de un mañana prometedor. Fui feliz hasta que dejé de serlo. Supongo que me quemé, que corrí demasiado, que, cierto día, aquella adrenalina de la que me alimentaba dejó de ser suficiente. Necesitaba más. Y el mismo motor que me había empujado desde siempre a hacer mil cosas diferentes, me instigó a dejarlo todo y sumarle emoción y dificultades a mi camino. Complicarme la vida con sonrisas, que diría Javier.

Lo hice. Y volví a ser feliz. Pero aquello también me acabó cansando. Me acostumbré a viajar. Y la incertidumbre del camino solitario que trazaron mis huellas a lo largo y ancho de Asia dejó de ser suficiente un buen día. Necesitaba un nuevo reto. Y desde entonces, hace casi un año, vivo dedicada al submarinismo en esta tranquila isla tropical donde la pereza se ha instalado por primera vez en mi vida. Adoro mi día a día -todos lo sabéis-, pero a veces me pregunto qué se ha hecho de esa chica emprendedora que jamás tenía suficiente, que podía enfundarse un traje para asistir a una reunión importantísima, un chándal para sudar el estrés en una clase de aeróbic o una minifalda para servir cubatas con una de sus mejores sonrisas. A veces me pregunto si soy la misma que siempre entregó sus artículos y trabajos puntualmente, la misma que se sacó dos carreras año por año, la misma cuya autodisciplina la llevó a aprovechar el tiempo al máximo. Hoy, cuando el simple hecho de comprar un frasco de shampoo puede estresarme y llevarme semanas… no puedo dejar de añorar algo de aquella joven Olga que siempre sabía el cómo, el dónde y el cuándo.

Parece ser que mi cuerpo vuelve a necesitar un nuevo reto. Y, esta vez, en lugar de romper con todo, quiero reconciliar mi presente con mi pasado. Recuperar las virtudes de aquella chica de veintipocos que se comía el mundo con lo mejor de esta mujer de veintimuchos que ha aprendido a disfrutarlo.

lunes 28 de septiembre de 2009

Vientos de cambio

Los huelo cada tarde entre las ráfagas que baten las palmeras a pie de mi balcón. Los huelo en los adioses, en las mudanzas, en los billetes de avión que llevan en su lomo mi destino. Los huelo entre las gotas que golpean con fuerza los cristales de mi habitación. Los huelo en las ausencias, en los silencios, en los besos cruzados entre un barco, el puerto y mi reloj. Los huelo en el vuelo de mi pelo, en la velocidad de una moto surcando las carreteras de la indiscreción. Los huelo en las llamadas desatendidas, en las mañanas sin despertador, en los días vacíos de trabajo, en el todavía estar aquí y sentir que ya no estoy.

Llegó el monzón. Y con él, las carreras por abandonar la isla cuanto antes mejor. Y las calles desiertas y las despedidas en el puerto cada día y el dejarlo todo listo para cuando vuelva el sol -y todos regresemos de nuestro letargo europeo, de las comilonas, de las fiestas con los amigos, de las sobremesas en familia, de las pilas recargadas, de un nuevo adiós -. Llegó el monzón. Y con él, un nuevo paréntesis en mi vida. Acabo de comprarme una moto, me mudo de casa en dos días, ayer me despedí de una amiga, mañana daré la bienvenida a un amigo, luego me iré de vacaciones a la otra cosa, regresaré a Tao a recoger cuatro cosas, sumaré varias decenas de adioses a mi lista de nostalgias y partiré en busca del calor. Del calor de los míos. Porque en octubre, en España, no creo que me esté esperando el sol.

Abro un nuevo paréntesis (que se abre y que se cierra con la llegada del monzón). Koh Tao se queda desierta: me voy incluso yo.