Al cumplir mis veintidiez me puse especialmente tonta. La presión social por que lo celebrara como es debido aumentó debido a la redondez del número y mis ganas de hacerlo disminuyeron de forma proporcional. Nunca había sido persona que celebrara este tipo de cosas y no iba a empezar a estas alturas -por muy redondo, psicológico y fronterizo que fuera el número de años que cumplía-. Pensaba, además, que tenía poco que celebrar: por todos es bien sabido que el 2010 (otro número redondo, por cierto) no está siendo el mejor año de mi vida. Y todo ello, unido a unos pocos contratiempos de última hora, hicieron que incluso una cena en petit comité me pareciera un plan nefasto. Quería ponerme el pijama, ver la tele y pensar que el 22 de junio era sólo un día más.
Por suerte no me dejaron. Insistieron como sólo los buenos amigos saben hacerlo y salí. Y hoy, con resaca y una etiqueta en la mano que reza “Para los días sin sorpresas” me doy cuenta de lo tonta que fui. Mi día tuvo sorpresas. Muchas. Buenas y malas. Como la vida. Como los 364 días de no-compleaños que me quedan por vivir. Estaba equivocada: no se trata de rebajar a día normal uno que que debería ser especial; si no de convertir en especiales todos aquellos que se supone que deberían ser normales.