
Te pienso y eres un columpio en medio de un prado verde. Eres diversión y tranquilidad, espontaneidad, inocencia, candidez. Unas rodillas rascadas y un rostro sonriente.
Te pienso y eres una llamada a media noche. Un grito de auxilio. Una confidencia nocturna. Una broma tardía. Un te llamo porque sí.
Te pienso y eres un silencio nada incómodo.
Te pienso y eres una humeante taza de café. Un plato de sushi, un gin tonic, unas bravas, un vermut.
Te pienso y eres la mayor de las virtudes. Eres sencilla, fácil, transparente.
Te pienso y eres una casualidad que llegó para quedarse. Uno de los pilares que me sustentan. Una de las patas de mi silla.
Te pienso y eres una carcajada eterna. Una mirada de complicidad, un entendernos sin hablar, un saber que estás ahí.
Te pienso y eres mi niñez y mi adolescencia, mi juventud y -espero- mi edad adulta.
Te pienso y eres un abrazo imperfecto.
Te pienso y eres un hombro perfecto.
Te pienso y eres tú.