miércoles, 24 de abril de 2013

Shakespeare, entre África y un corazón


Yo no quería gatos, mi chico quería uno y acabamos teniendo dos. La culpa la tuvieron aquellas manchitas mal colocadas, aquel pelo enmarañado, aquellas legañas que le impedían abrir sus ojos ambarinos de par en par. Lo vimos y nos enamoramos de su imperfección. Habíamos llegado hasta aquella casa de l’Empordà para recoger a un precioso gatito gris azulado y regresábamos a casa con los dos, librando al que se debía quedar de un futuro incierto en un refugio de animales. No hubo dudas, incertidumbre ni titubeos: los vimos, los tomamos en brazos y los montamos en el coche rumbo a su nuevo hogar.

Los bautizamos con nombres que se complementaran, que se necesitaran, cuyo significado perdiera fuerza en ausencia del otro. Nunca imaginamos que lo que ha acabado ocurriendo pudiera llegar a pasar. Los elegidos fueron Shakespeare y Newton, en clara referencia a las tendencias académicas de sus padres -que no dueños, nunca me ha gustado eso de ser propietaria de nadie.

Los primero días trascurrieron con la permanente incógnita de cómo iban a ser. Teníamos prisa por adivinar su carácter tras cada pequeño gesto. Y aunque el aplomo y el aspecto saludable de Newton hicieran presagiar que el que iba a llevar la voz cantante sería él, pronto descubrimos en Shakespeare a todo un líder al que su hermano no iba a tener más remedio que obedecer. Y así fue. El gatito flacucho, legañoso y débil poseía una personalidad absolutamente arrolladora. Newton lo seguía a todos lados, lo imitaba, lo limpiaba a lengüetazos de límpida adoración. Uno abría camino, el otro lo aprovechaba. Uno descubría nuevas travesuras, el otro las aprendía. Aunque en honor a la verdad debo decir que el precioso gatito gris azulado inició también algunos rituales que, sin embargo, su hermano no siguió -un líder nunca sigue a nadie. Su fijación por perseguir sombras o sus revolcones por el suelo ofreciendo la panza a todo aquel que se preste a acariciarlo son solo algunos ejemplos.

Con el paso de los días, Shakespeare se convirtió en un gato robusto y saludable. Comía, comía mucho -de hecho una de las cosas que más le gustaban del mundo era comer. Su recién estrenada fortaleza física lo condujo a explorar nuevos rincones, a buscar más allá de las paredes de casa. Comenzó subiéndose al muro de la terraza, continuó por pasearse a lo largo de la barandilla de nuestro ático y acabó por cruzar a la casa del vecino jugándose el pellejo sobre el vacío. En esto su hermano jamás lo siguió. Se limitaba a esperarlo a los pies de la barandilla, junto a la mampara que separa ambas casas. Y cuando Shakespeare se demoraba, venía a toda velocidad hasta nosotros maullando para avisarnos de que el gatito blanco tardaba mucho en volver.

Shakespeare trepaba a los árboles cuando estábamos en Tossa. Nos acompañaba cuando paseábamos por el río. Perseguía insectos de verdad y ratas de goma. Le encantaba esconderme el papel de liar bajo el sofá. Shakespeare se sentaba en la alfombrilla del baño mientras nos duchábamos. Paseaba por los tejados. Ronroneaba cuando comía, cuando lo llamabas, cuando le acariciabas la barriga. Ronroneaba por todo. Me observaba desde el mármol de la cocina mientras lavaba la vajilla. Se subía a la mesa cuando comíamos -pero nunca, jamás, tomó nada de nuestros platos. Shakespeare destrozaba las plantas de la terraza y utilizaba los tiestos como cajitas de arena natural. Se afilaba las uñas en el sofá y te miraba con cara de no haber roto un plato. Jugaba con los cordones de mis pantalones de pijama. Bebía directamente de los grifos, mordía las bolsas de basura, escalaba mi albornoz hasta la capucha. Shakespeare dormía en su cestita y, a veces, subía a nuestra cama para tumbarse en la almohada o acurrucarse a los pies. Por las mañanas rascaba el armario para despertarnos y, cuando no nos levantábamos al son que él marcaba, se liaba a tortas con el cuenco del agua. Shakespeare hurgaba en la bolsa de la compra y se metía en la nevera. Rascaba la puerta del baño para que lo dejara entrar. Jugaba con el rollo de papel de wáter desenrollando decenas de metros por simple y llana diversión. Shakespeare amasaba la mantita rosa del sofá. Se escondía en cajas de cartón, en los armarios, detrás del espejo del comedor. Shakespeare se colocaba delante de la pantalla cuando mirábamos un programa interesante en la televisión. Shakespeare abrazaba a su hermano cuando dormía, me miraba con ojos de entender lo que le decía, se tumbaba sobre mi chico para darle calor. Cuando llegábamos a casa, Shakespeare bajaba corriendo las escaleras para recibirnos –eso cuando no estaba ya esperándonos tras la puerta del recibidor. A Shakespeare le gustaban los masajes y el yogurt. Y alargaba su patita para tocarnos la cara cada vez que lo tomábamos en brazos –de todas, quizás es esta la imagen más certera que conservo, la más tierna, la que me punza en algún punto entre el corazón y las costillas cada vez que me acuerdo de él.

Shakespeare tenía una mancha en forma de corazón en un costado y otra con la silueta de África en el opuesto. En las patitas, llevaba calcetines atigrados -desiguales, agujereados, encantadores. Su cara era preciosa. Las manchas que le adornaban la nariz y la zona sobre el labio superior le endulzaban la expresión. Sus ojitos, parcialmente cubiertos por un velo blanco, siempre consiguieron lo que quisieron.

Sigue aquí, aunque no lo veo. Está en su hueco del sofá, sobre el muro desde el que miraba a la calle, en el cojín que utilizaba para dormir. Está, sobre todo, en su hermano -en todas las travesuras y gestos que el precioso gatito gris azulado aprendió de él. Es una bonita manera de que siga aquí.

Te echamos de menos.

jueves, 17 de enero de 2013

¡Me traslado!

No, no vuelvo a tomar un vuelo hasta la otra punta del mundo. Me quedo en Barcelona. Y he aquí el motivo de mudarme... de blog. Tras una larga temporada de sedentarismo voluntario, Miss Éxodos deja de tener el sentido que le otorgué un día: contarme -y contaros- mis andanzas por aquellos rincones del globo que me hicieron crecer y descubrir. Continúo creciendo y descubriendo, pero ahora cerquita de los míos, de los paisajes más anclados a la memoria, de los matices que disfrazan las calles que me vieron nacer. No descarto volver a viajar -¡cómo renunciar a la mayor de mis pasiones!- o incluso trabajar en un país exótico, en el continente europeo o en Madrid. Me encantará volver a hacer mías nuevas esquinas del mapa. Pero ahora, hoy por hoy -y desde ya hace demasiado-, este espacio ha dejado de tener sentido. Sin embargo, el amor por las palabras y la mirada curiosa no dependen del lugar en el que uno esté. Es por ello que me mudo a un nuevo blog en el que contaré de la misma manera personal -aunque mucho menos intimista- todo lo que suceda en mi ciudad. Estoy ultimando los preparativos. Coming soon.  

martes, 16 de octubre de 2012

Cuando lo etéreo se hace carne

Aunque nunca he sido una romántica de manual, he pasado media vida imaginando cómo sería el hombre de mi vida. Fantaseaba con la forma de sus manos, me preguntaba si su voz sería grave, si vestiría de sport o con traje, qué perfume le acompañaría a donde fuera, si dormiría de lado a boca arriba. Pensaba qué día celebraríamos nuestro aniversario, si sería de los que se acuerda o de los que se olvida. Esbozaba sus hombros y sus labios. Le inventaba nacionalidades, patrias y banderas, hobbies, profesiones, edades, religiones y manías. Las opciones eran tantas que me angustiaba no saber reconocerlo cuando nos encontráramos en una calle a media noche, en el metro en hora punta, en una plaza al mediodía.

Hoy han germinado las certezas donde antes únicamente había curiosidad y preguntas. Hoy ya sé cómo mira, cómo huele y cómo ama el hombre al que le confío mi presente y mi futuro, el hombre al que le entrego mi castillo de naipes sin miedo a que lo hunda.

 Lo etéreo no podría haberse combinado de mejor modo.

martes, 5 de junio de 2012

Un principio de cuento

Cuando empecé a escribir estas líneas, me perdí entre cavilaciones acerca de cómo evoluciona el amor a lo largo de la vida. Pensé en cómo hemos cambiado. En por qué lo que una ni siquiera se plantea en un determinado momento se convierte en tan deseable a cierta edad. En cuándo hiciste / hicimos ese clic que lo cambiaría todo.

Hubo un momento en que el amor era que el niño que te gustaba te diera un beso en la mejilla, te levantara la falda o te eligiera en su mismo equipo de fútbol. Más adelante, antes de los diez pero después de los siete, amor era jugar al pilla pilla y rozarse sin querer pero queriendo. A los once, una dedicatoria en tu agenda. A los doce, que te acompañaran a casa después del colegio. A los trece amor es escaparte a la habitación de los chicos en unas convivencias. A los quince, un amor de verano. A los diecisiete, un póster de tu amor platónico en tu cuarto. A los dieciocho amor son los amigos. A los veinte, amor es que te paguen las copas. A los veinticinco, que además de las copas te paguen la cena. A los veintiocho, amor es conocer al hombre de tu vida. A los veintinueve, prometerte. A los treinta, casarte.

Y sin embargo, tú, en todas y cada una de estas edades, incluso cuando cosechabas los más grandes éxitos profesionales, incluso en nuestros momentos más cínicos e hilarantes, tú, siempre tú, más allá de tus tacones de femme fatale pisando fuerte, desprendías cierta aura de muñeca delicada a la espera de su príncipe.

Desde que te conocí en aquella primera clase del primer día del primer curso de nuestra primera carrera, lo supe. Eras una romántica empedernida. Una romántica que se hacía la interesante a golpe de ironía pero que en realidad anhelaba encontrar ese zapato de cristal que le encajase. Era difícil. Nunca has sido de las que se han dejado seducir por metas fáciles. Pero érase una vez, en un lugar de cuyo nombre no puedo acordarme, apareció un apuesto caballero con nombre de sol y alma de viento. Tú espejito te susurró al oído que aunque tú serías siempre la más bella, no había en el reino varón más hermoso; y te pinchaste para siempre con la rueca del hechizo. Sin pensártelo dos veces cambiaste tu colita de sirena por un par de piernas firmes y te propusiste caminar a su lado. Estabas feliz, radiante, plena. Jamás habías sido una cenicienta desvalida pero ahora, sobre su alfombra voladora, te sentías más princesa que nunca. Y es que el zapatito, que en esta historia no es de cristal sino de Blahnik, por fin había encajado.

Un brindis porque aunque en los cuentos, la boda siempre es el final, para vosotros es solo el principio. ¡Muchas felicidades!

jueves, 1 de diciembre de 2011

Por treinta y un años más a tu lado

A medida que crecemos, nos vamos dando cuenta de lo importante que es mantener las raíces. Regresar a nuestro barrio, calle o ciudad de toda la vida para avivar el recuerdo. Tener a nuestros padres cerca -ya sea físicamente o mediante un telefonazo-. Volver a ver a aquellos amigos de la infancia con los que, por mucho que haga que no los veas, todo sigue en el punto exacto en el que lo dejasteis. Sin embargo, hay un vínculo al pasado que tiene un valor especial -por lo bonito, por lo difícil, por lo escaso-. Y ese vínculo, en mi caso, tiene nombre propio.


Conchita -¿O era Pancracia?-. Nu, Arale, Picarona. La de las gafitas y los pantalones arremangados. La que subía conmigo al cole en el autobús número veinticuatro -veintiocho si decidíamos dar un paseo y subir por la montaña-. La de la “caixa pudorífica”. Con la que me carteaba cada verano. La que se escaqueaba de ir al gimnasio viniendo a casa y mojando la toalla en mi baño. Con la que probé mis primeros cubatas. La primera amiga con la que viajé fuera de España. La primera, también, con la que compartí piso y espacio. La de las noches de karaoke cantando “Hijo de la Luna” a dúo. La de las notitas en clase de mates. Con la que me llamaba cada tarde dos horas y tras varios “cuelga tú”, finalmente, colgábamos. La que ha escuchado atenta todas mi primeras veces. La de las canciones sin sentido pero con coreografía. La que me invitaba a su casa en Vilassar y la que venía a pasar fines de semana a la mía en Sant Feliu. Mi compañera en el “Pescaíto Frito” o en el “Paul” cuando se suponía que debíamos estar en clase. La que vino a verme a Tailandia. La de los mil cafés al día. La de las noches en el teatro. La que me enseñaba a bailar salsa en el salón de casa a las cinco de la mañana. La otra cabeza pensante de las historias más disparatadas. La que me saca mi lado más niño. Con la que es imposible enfadarse. La que construye auténticos castillos de platos antes de decidirse a lavarlos. La que me ayudó a pintar la casa en top-less. La coautora del vocablo “frusu”. A la que aguanté la frente durante su primera náusea de su primera borrachera en las fiestas de Calatayud. La única persona en el mundo con la que puedo hablar el idioma de la “P”. La que siempre esta dispuesta a seguirme el rollo sea cual sea la parida que se me acaba de ocurrir. La que bailaba sardanas en la pared a mi lado. La que le cantó “És l’hora del adéus” al ecosistema que habíamos acumulado tras días sin agua, cuando por fin pudimos ducharnos. La persona que ponía sus bambas junto a las mías en la taquilla del gimnasio. La de las siestas interminables. La de los “te quiero” cuando apenas sabíamos qué significaba querer a alguien. La que me hizo la manicura ayer mismo y la que me teñía el pelo hace unos años. La reina del despiste. La que siempre se hace esperar y ni si quiera se preocupa por buscar una excusa creíble. La única que entiende lo que significa tirarse a la piscina estilo “chewing gum marginator”. Mi rival en concursos que ahora no recordaremos. La de las congas imaginarias. La persona con la que iba a casarme si a los treinta años seguía soltera. Mi hermana. La que comparte conmigo traumas de pajilleros en el Parque Güell cuando volvíamos del colegio a casa. La que me ha visto con trenzas y gafas. La que me vio pegar el estirón y convertirme en mujer. La que ahora ve mis arrugas incipientes y mis primeras canas. La que seguirá estando ahí para ver todo lo que suceda de ahora en adelante. La generosidad con patas. La única persona más veloz que yo a la hora de sacar el monedero para invitar a alguien. La que construía cabañas conmigo. La otra protagonista de los vídeos más surrealistas -o de los programas de radio más raros-. La que jugaba conmigo a cocinitas que luego les dábamos de comer a nuestros padres. La que me ha secado las lágrimas en más de una ocasión y con la que me he muerto de la risa hasta dolernos los abdominales. La que siempre ha estado ahí. La que comparte conmigo cronología, historia y recuerdos. La que me ancla inevitablemente al pasado.


Porque sin ti mi vida hubiera sido otra.



Para que sigamos creciendo sin hacernos mayores.

Por treinta y un años más a tu lado.

martes, 14 de junio de 2011

El dios de las pequeñas cosas

Contaba un buen amigo que el día que supo que se había hecho mayor estaba borracho. Se había tomado unas cuantas copas de más en un ático de la capital del reino en compañía de algunos colegas cuando, de repente, cayó en la cuenta de que ya no era tan joven como sentía / pensaba. Se quedó absorto, mirando los edificios que ensuciaban el horizonte urbano, mientras las voces de sus amigos se evaporaban como en un sueño. Los demás siguieron a lo suyo, completamente ajenos a lo que le ocurría a mi amigo, hasta que alguien se dio cuenta de que el silencio de Dod -llamémosle Dod- se estaba alargando algo más de lo normal. Y Dod no era de los que acostumbraban a estarse callados, a un lado, sin hacerse notar. Entonces, todos lo miraron. Sus ojos tenían un punto de terror nada habitual. Cuando uno de sus mejores amigos le preguntó que qué era lo que le pasaba, él sólo contesto: “Me acabo de dar cuenta de que ya no estoy a tiempo de ser astronauta, futbolista ni bailarina. Me he hecho mayor.”. Los demás rompieron a reír sin entender la magnitud verdadera del drama. Yo siempre he pensado que es de lo más elocuente que jamás voy a oír.

Últimamente tengo muy presente esta anécdota. Dod se dio cuenta de que había crecido porque ya no estaba a tiempo de hacer ciertas cosas; yo por saber que todavía me quedan algunas por hacer. Y no me refiero aquí a disparates marca de la casa -que de esos ya no me quedan apenas espinitas por sacar- sino precisamente a lo contrario. Me explico. Siempre he vivido a lomos de una montaña rusa. Haciendo mil cosas, yendo de aquí para allí. Muy bonito. Precioso. Ha estado realmente bien. Pero hoy siento que quiero otras cosas. Otras cosas más pequeñas, más cotidianas, más veraces. Y es el anhelo de esas otras cosas -pequeñas, cotidianas y veraces- el que me lleva a pensar que me he hecho mayor. Como el que supera su etapa de amores adolescentes y se siente preparado para establecer las bases de una bonita relación.

Hoy, más que nunca, siento que el dios de las pequeñas cosas está junto a mí. No me ha hecho falta ni invocarlo. Ha aparecido solo, como por arte de magia -y nunca mejor dicho-.

El dios de las pequeñas cosas es alguien junto al que la vida se torna más leve.

El dios de las pequeñas cosas es alguien que me mejora, que me suma, que me embellece.

El dios de las pequeñas cosas es alguien que tiene el don de soplar el tiempo para que vuele.

El dios de las pequeñas cosas regala rosas que no significan “felicidades” ni “perdóname”.

El dios de las pequeñas cosas es amigo, es compañero, es cómplice.

Al dios de las pequeñas cosas le gusta caminar despacio mientras llueve.

El dios de las pequeñas cosas no juega a adelantarme, a ganarme ni a perderme.

El dios de las pequeñas cosas no necesita hacerme sufrir para que me quede.

Prometo honrarle, respetarle (y sorprenderle).

miércoles, 30 de marzo de 2011

Stravaganza nº 1: Historia de un mechero en estructura de Baricco


Y allí, sumergido en aquella oscuridad nauseabunda, recordé las palabras de quien coincidiera conmigo en un bolsillo cualquiera frente a las costas de Vietnam: “Al morir, los hombres ven una luz al final del túnel; nosotros, un túnel al final de la luz”.

Estaba muriendo. No cabía duda. Hacía ya varias horas que había cruzado la luz perfecta de un mediodía tropical para precipitarme en las tinieblas de ese -¿cómo llamarlo?- receptáculo que apestaba a carroña en descomposición. No, peor aún: a úlcera putrefacta promiscuamente entremezclada con vómito de beodo y orina de gañán. Olía fatal, en definitiva. Y ahí estaba yo, en medio de aquella opacidad descarnada, pensando que me moría y sin saber muy bien qué hacer. Esperaba -sí, eso es, esperaba-.

Y así es como, de repente, mientras aguardaba resignado mi destino, me sorprendí huyendo al pasado, refugiándome en pretérito, avanzando hacia el ayer. A las puertas de la muerte, me dio por repasar mi vida. Muy original, lo sé.

Lo primero que vi fueron sus ojos. Dos inmensas pupilas dilatadas del que sabe que está a punto de dejarse engullir por la tentación. Tenía 16 años pero nadie se molestó en pedirle el DNI. Con total impunidad compró una cajetilla de rubio y, ya a punto de abandonar el puestito, se acordó de mí. Caminó largo rato apretándome fuertemente entre unos dedos todavía inexpertos. Creo que quería encontrar el lugar perfecto en el que dar rienda suelta a aquel particular ritual de iniciación. Y allí, en un callejón situado en alguna ciudad europea de la que nunca supe el nombre, se detuvo apresuradamente, se colocó un cigarrillo entre los labios y me desvirgó.

Lo primero que vi fueron sus ojos. Lo segundo, unos labios entreabiertos soplando con devoción. Había mucha gente. Y una tarta. Y cuarenta y ocho velas que habíamos tardado una eternidad en prender. El rubor me encendía la piel. Decenas de ojos me acechaban tras sonrisas aparentemente afables, mientras con mi aliento caliente alguien encendía, una a una, todas las velas del pastel. Y cuando ardía la última, se apagaba la primera. Y así sucesivamente. Y todos resoplaban impacientes. Y se quejaban de que mi cuerpo, exhausto y dolorido, les abrasaba la piel. Por la enorme estatua que se divisaba tras la ventana, supe que estaba en Nueva York.

Lo primero que vi fueron sus ojos, lo segundo unos labios entreabiertos. Lo tercero, aquellas sábanas cubiertas de sudor. Y él. Y ella. Y una pipa de la paz tras haber hecho el amor. Desperté entre los dedos delicados de la chica. Palpó a tientas la mesita de noche, me acarició la espalda, hizo girar mi cabecita y el fulgor que escapó de mis entrañas encendió unos ojos vítreos de excitación. Su aliento entrecortado y vacilante a punto estuvo de apagarme y el pulso le temblaba con la sutileza del que acaba de ser agitado por los claroscuros de un delirio de pasión. Tras las cortinas, despuntaba el día; y a lo lejos, despertaba la mezquita con voz ronca implorando a la oración.

Lo primero que vi fueron sus ojos, lo segundo unos labios entreabiertos, lo tercero aquellas sábanas cubiertas de sudor. Lo cuarto, el cabello blanquecino del que ha vivido mucho, ha visto en exceso y ha callado más. Tras sus ojos rasgados, la pericia milenaria de toda una civilización. En su mano, el incienso humeante como ofrenda a su dios. Yo en su bolsillo -expectante, sombrío, dócil-, avanzando a paso lento hasta la enorme figura de rostro sonriente que parecía invitarnos a pasar. En algún momento sentí que se sentaba -se arrodillaba, se postraba, se agachaba-. Y caí dormido hasta que el alboroto mundano de aquella urbe alejada me arrancó de la paz.

Lo primero que vi fueron sus ojos, lo segundo unos labios entreabiertos, lo tercero aquellas sábanas cubiertas de sudor, lo cuarto el cabello blanquecino. Lo quinto, el silencio adherido a la sabana. Y aquí y allá, por todas partes, melodías que rompían la ausencia de palabras con presencia de color. Un niño rebuscó entre sus cochambrosos bolsillos; y me encontró. Pasé de mano en mano, de callo en callo, de llaga en llaga y, finalmente, el más anciano de la casa se inclinó sobre un montoncito de madera y la encendió. A mi alrededor, la muchedumbre aglomerada. Niños descalzos, hombres mugrientos, mujeres de pechos caídos y manos de labrador. Negros, todos. Como la noche. Como la vida en aquel rincón del mapa. Como todo lo que quedaba fuera del alcance de la lumbre y del calor.

Lo primero que vi fueron sus ojos, lo segundo unos labios entreabiertos, lo tercero aquellas sábanas cubiertas de sudor, lo cuarto el cabello blanquecino, lo quinto el silencio adherido a la sabana. Lo sexto, un mar que no era azul. Era rosa, naranja, verde, amarillo, rojo. Era cian, blanco, púrpura y marrón. Era el firmamento revelado en un espejo. Era una noche de verano en Barcelona. Era la multitud reunida sobre la arena de la playa. Era el cielo derramándose en heridas de color. Era la mecha avanzando inexpugnable. Eran los ecos de la pólvora sobre el silencio del crepúsculo. Era la vida pendida de una llama: era yo.

Lo primero que vi fueron sus ojos, lo segundo unos labios entreabiertos, lo tercero aquellas sábanas cubiertas de sudor, lo cuarto el cabello blanquecino, lo quinto el silencio adherido a la sabana, lo sexto un mar que no era azul. Y, por último, una luz que inundó de repente el misterio hediondo y fétido en el que me encontraba arrancándome de mi particular ensoñación. Supe que iba a morir. Lo supe inmediatamente. No me hizo falta escuchar el motor de aquel camión que se acercaba a mi indecorosa sepultura, ni ver el rostro de la muerte en el operario que iba a extirparme hasta el último halo de vida sin un ápice de compasión. No, no me hizo falta. Lo supe en cuanto vi la luz. “Al fin y al cabo, nuestra muerte no es tan diferente a la de los hombres”, sonreí.

Lo primero que vi fueron sus ojos, lo segundo unos labios entreabiertos, lo tercero aquellas sábanas cubiertas de sudor, lo cuarto el cabello blanquecino, lo quinto el silencio adherido a la sabana, lo sexto un mar que no era azul y, por último, una luz.

miércoles, 16 de marzo de 2011

And so it is...


Existen dos tipos de personas:

1) Los que van a un concierto -cantan, bailan, beben, charlan- y después se van para casa o a seguir la fiesta en otro lado.

2) Y los que van a un concierto -cantan, bailan, beben, charlan- y acaban a ciento cincuenta kilómetros de ese escenario mojando los pies en el océano y paseando por la oscuridad de un bosque casi veinticuatro horas después.

Ante la pregunta de “¿cuándo acabe el concierto, cogemos el coche y nos perdemos por ahí?" mi instinto sólo registra una contestación posible. Un “sí” rotundo, un “por supuesto”, un “qué bueno…”. O mejor todavía, un “¿y por qué no?”.

(A menudo se buscan razones para hacer las cosas, sin caer en la cuenta de que la mejor razón para llevarlas a cabo es que no haya ningún motivo de peso por el que abortar la intención)

Y cuánta razón lleva el instinto…

Nuestro instinto nos llevó hasta un no-plan (hay conceptos que sólo encuentran sentido en el seno de una negación) en el que cada instante se escribía en el segundo anterior. Fue improvisado. Inaudito. Prolífico. Real -sobre todo real-.

Fue una road movie de cinturones bien abrochados, conductor sobrio y nariz de payaso intermitente. Una cama desbordada de cuerpos en algún punto del Empordà. Desayuno para cinco. Sol para todos.

Fue sentirse muy cerca de quien nunca ha estado lejos.

Fue detenerse en medio de la nada, respirar hondo, entregarse a las voluntades atmosféricas y mirar el horizonte con una conciencia absoluta de estar viviendo algo especial. Fue olvidar el tiempo, esconder los relojes. Perderse cien veces (y cien veces + una volverse a encontrar).

Fue aprender a jugar con las palabras, respetar los silencios. Mirar un mar agitado y sentir calma interior. Quedar prendida de un abrazo sin suplicar por un beso. Llevar por bandera la melodía de aquella canción.

And so it is…

Fue la noche concentrada entre las piedras de un pueblo -de cuyo nombre me acuerdo pero prefiero ocultar-. Fueron las estrellas y la luna, los faroles, la tierra y el frío en el aliento. Las doce campanadas -pinceladas de color sobre el silencio- que nos transportaron hasta éste, nuestro particular año nuevo.

Fue la vida adherida a una decisión cotidiana.

Fui yo desnuda de todo alter ego.

Fueron, sobre todo, ellos.

sábado, 12 de febrero de 2011

Para Anna (y sus treinta)

Te pienso y eres violeta. Unas veces roja y otras azul. En ocasiones pasión, a veces calma. A caballo entre la proximidad y la distancia. A medio camino entre las ganas y el temor.

Te pienso y eres un columpio en medio de un prado verde. Eres diversión y tranquilidad, espontaneidad, inocencia, candidez. Unas rodillas rascadas y un rostro sonriente.

Te pienso y eres una llamada a media noche. Un grito de auxilio. Una confidencia nocturna. Una broma tardía. Un te llamo porque sí.

Te pienso y eres un silencio nada incómodo.

Te pienso y eres una humeante taza de café. Un plato de sushi, un gin tonic, unas bravas, un vermut.

Te pienso y eres la mayor de las virtudes. Eres sencilla, fácil, transparente.

Te pienso y eres una casualidad que llegó para quedarse. Uno de los pilares que me sustentan. Una de las patas de mi silla.

Te pienso y eres una carcajada eterna. Una mirada de complicidad, un entendernos sin hablar, un saber que estás ahí.

Te pienso y eres mi niñez y mi adolescencia, mi juventud y -espero- mi edad adulta.

Te pienso y eres un abrazo imperfecto.

Te pienso y eres un hombro perfecto.

Te pienso y eres tú.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Del sushi a las tapas

Todavía no te había visto y ya sabía que te iba a querer.

Intuición.

Sexto sentido.

Amor pre primera vista.

Luego te vi -una tarde de primavera en la que no supe seguir prescindiendo de tí- y pensé que envejecería contigo. No sé exactamente cuándo tuve la certeza de que eso iba a ser así

-no sé si todavía la tengo-,

algo me lo susurró al oído mientras tú seguías ajeno a mis alucinaciones ante aquel plato de sushi de salmón.

Era como si te conociera de toda la vida y en realidad no sabía quién eras.
Era como si tu olor me atrapara sin darme opción a escapar.
Era animal y primigenio.
Eran tu piel y tus ojos.
Era tu respiración pausada a media noche,
tus tatuajes rodeando mi cadera,
tu cuello dibujando mi almohada.

Eras tú.
Eras, eres y seguiste siendo
-en Barcelona, en Sudáfrica, en India y en Koh Tao-.

A distancia y cara a cara.
En la calle y por teléfono.

Fluíamos llevados por el viento hasta que alguna montaña -nacida de un pequeño grano de arena- nos obligaba a parar. Creíamos que lo nuestro era posible y, tras sacudirnos las rodillas, volvíamos a volar.

(Yo ya no sé si lo creo)

Cosquillas
Besos
Gintónics

Sábanas y sudor

Notitas por la mañana.

Risas
Lágrimas
Desayuno para dos
Mis ganas
Las tuyas
Reproches
Nuestros sueños
Y un despertador

Hasta las tapas de ayer.
Hasta el amanecer de hoy.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Yogures caducados

Recuerdo perfectamente esa primera vez en la que algo que consideraba eterno desapareció sin previo aviso. Tenía siete años y mi madre me estaba esperando a la salida del colegio para decirme que mi abuela acababa de morir. No lo entendí en un primer momento -¿qué es la muerte para una niña de siete años?-, pero con el paso de los días comprendí que, fuera lo que fuera la muerte, se la había llevado a algún recóndito lugar en el que no iba a poder verla. Nunca más. Desde entonces, la vida se ha encargado de arrancarme lentamente de ese sueño infantil en el que todo dura para siempre. Desde entonces, el día a día me ha arrastrado hasta un mundo en el que todo, al igual que los yogures, tiene fecha de caducidad desde el mismo momento en que lo pruebas. Lo jodido es que, a diferencia de los lácticos en envase de plástico, en la vida las cosas caducan sin avisar de antemano. Como aquella vez que mi chico me llevó de cena para romper conmigo en el transcurso de los postres. O aquella otra en la que nos fuimos de escapada romántica por Navidades y regresamos de morros y antes de tiempo. Como aquella ocasión en la que mi coche me dejó tirada en medio de la autopista y jamás arrancó de nuevo. O aquella en la que un amigo se olvidó para siempre de cogerme el teléfono. Recuerdo también aquel jefe que me comunicó que no podían renovarme el contrato o aquel otro que me dijo que el negocio se hundía y que se veían obligados a prescindir de mi puesto. Recuerdo cuando realquilé mi casa de Koh Tao y jamás me la devolvieron. O cuando mi mejor amigo se fue a vivir a India dejándome huérfana de cafés, confidencias y risas. Recuerdo que un día abrazaba a mi gato y al siguiente lo sacrificaban en secreto. Recuerdo perfectamente el día en que mis tejanos preferidos se rompieron. O aquella fatídica ocasión en la que mi ordenador decidió averiarse, llevándose consigo todos mis documentos. Recuerdo que a veces sólo me queda el recuerdo.

lunes, 8 de noviembre de 2010

A mis amigos

A los que siguen ahí y a los que dejé por el camino. A los que tuve que dar las gracias y a los que me pidieron perdón. A los de los sábados noche y a los de los domingos tarde. A los de los cafés y a los de los gin-tónics. A los que me hicieron reír y a los que me hicieron llorar. A los que están cerca y a los que están lejos. A los que son como hermanos. A los que me hacen de padres. A los que además de amigos, fueron amantes. A los que pasaron por alto que un día me equivocara con ellos y a los que nunca me han podido perdonar. A los que han crecido conmigo. A los que aguantaron mi energía adolescente. A los que me hicieron compañía en el bar de la universidad. A los que se alegraron de mi primer empleo. A los que me apoyan ahora que ya no lo tengo. A los que están viviendo la crisis de los 30 junto a mí. A los que vendrán. A los que me quieren y a los que se dejan querer. A los que viajaron conmigo. A los que se leen mis artículos. A los que llamé a las tres de la madrugada de un miércoles cualquiera y me cogieron el teléfono. A los que supieron pararme los pies cuando estaba yendo demasiado lejos. A los que me animaron cuando me estaba quedando corta en esfuerzos. A los de los abrazos reconfortantes y a los que no saben abrazar. A los que siempre están. A los que me han decepcionado. A los que se han sentido defraudados por mí. A los del colegio, a los del trabajo, a los del gimnasio, a los de Jamboree, a los de Playa de Aro, a los de la universidad. A los que me han traicionado. A los que ponen la mano en el fuego por mí. A los que han caminado a mi lado en algún rincón asiático. A los que estaban cuando me fui y a los que seguían ahí cuando regresé. A los que sé que siempre estarán. A los de Koh Tao. A los que se propusieron animar una tarde para el olvido y lo consiguieron. A los que me dicen “te quiero” y a los que no lo dicen jamás. A los que hacen cómodos los silencios. A los que me recomiendan libros. A los que me llaman unicamente para saber cómo me va. A los de para lo bueno y para lo malo. A todos. A los de ayer, a los de hoy y a los de mañana. Porque hoy me he levantado con ganas de evidenciar lo evidente. A mis amigos, sin más.

viernes, 29 de octubre de 2010

A posteriori

Cuentan que en Sierra Leone la tierra es roja por la sangre que se ha derramado sobre ella. Y es que en este pequeño país del continente africano, belleza y tragedia van irremediablemente de la mano. Uno no puede mirar las consabidas sonrisas de los niños, sin apreciar la pobreza infinita que se esconde tras ellas. Ni asistir al espectáculo de mar, arena blanca y cocoteros de sus playas, sin resolver que su virginidad se debe a que no tienen modo alguno de explotarlo. Ni rendirse ante la belleza perfecta de una madre amamantando a su hijo, sin trascender la pura fotografía y entender que si nos está dejando hacerla es porque guarda la esperanza de recibir un puñado de leones (moneda local) a su término. Ni asombrarse ante el cielo más estrellado que se ha visto en la vida, sin concluir que si es así es porque no hay electricidad ni, por lo tanto, contaminación lumínica. Paradojas. Eternas -y africanas- paradojas.

Lo mismo ocurre con las sensaciones que cada uno de sus recovecos imprimió sobre mi cuerpo. Su recuerdo me obliga a sonreír y me escuece a partes iguales. Despierta mi ternura y mi ira simultáneamente. La una por sus habitantes; la otra por todos los que permiten -¿permitimos?- que en determinados lugares del mundo se siga viviendo de esa manera. Y sí, ya sé que es un tópico. Pero no deja de ser menos cierto por ello.

La encrucijada de sentimientos no me ha dado tregua desde que aterrizara procedente de África. Cuando me preguntan si me ha gustado Sierra Leone, respondo con un eufórico “me ha encantado” que pronto me veo obligada a matizar. Adoro la experiencia que he vivido -y sus paisajes y sus gentes- pero ojalá no hubiera vivido nada, si ello hubiera significado que no había nada que contar. Ojalá fuera un país como tantos otros, ojalá no escondiera dramas ni tragedias, ojalá mi experiencia -aunque absolutamente enriquecedora- no hubiera tenido sentido ni lugar.

Regresé de África hace ya cinco días y, sin embargo, creo que no he terminado de regresar. Pero es que… ¿Se puede regresar completamente de África?

lunes, 25 de octubre de 2010

Cosas que he aprendido

Cuando uno vive una experiencia como la que he vivido, el paso del tiempo toma otro cariz. Se dilata, se expande, te abraza y crece, mientras las vísceras y la cabeza se esfuerzan por retener y digerir. Una semana allí equivale a un mes en casa. Y son demasiadas las cosas que si no pongo sobre papel corro el riesgo de olvidar y de perder. Sin más demora, he aprendido:

Que la medicina alternativa está a la orden del día. Que la mayoría de sierraleoneses recurren primero a ella y llegan al hospital con patologías muy avanzadas. Qué sólo cuando los curanderos no han podido aliviar sus dolencias -sino más bien empeorarlas- se acuerdan de la ciencia. Muchos son los niños que llegan a Mabesseneh al borde de la muerte tras haber ingerido brebajes de sospechosa procedencia.

Que ya no quedan animales salvajes como en el resto de países africanos porque se los comieron durante la guerra.

Que el krio se parece muchísimo al inglés -y que el famoso waka waka de Shakira significa walk walk en krio-.

Que la muerte aquí se vive de otro modo. Es dolorosa -cómo no iba a serlo- pero lo es más cuando muere un adulto que cuando lo hace un niño. Normal, teniendo en cuenta el enorme número de menores que mueren antes de haber cumplido los cinco años. Cuando un llanto es sentido y prolongado, ha muerto un adulto; cuando es intenso pero corto, se lamenta la muerte de un muchacho. En ninguno de los dos casos, sin embargo, lloran como nosotros. Lo hacen de un modo menos íntimo, mucho más exagerado.

Que en el recinto del hospital hay un San Juan de Dios negro y una Moreneta blanca. El mundo al revés.

Que el oeste de África tiene unos índices de VIH mucho menores que los del este o sur del continente. Las razones no están muy claras, pero se baraja la posibilidad de que se deba a que los tests que se realizan en esa zona no sean fiables del todo.

Que en Freetown es posible cambiar dinero dentro del coche. Sube un hombre con una maleta y, mientras el coche sigue circulando, se hace la transacción. Yo sufría por la seguridad de un tipo con tanto dinero encima en medio de una ciudad tan pobre. Era carne de cañón.

Que muchos de los que tienen una moto o una sastrería fueron rebeldes durante la guerra civil que asoló el país hace unos años. Cuando acabó el conflicto, se ofreció a los rebeldes intercambiar sus armas por una pequeña suma de dinero. La mayoría de ellos, invirtieron el capital en motos y sastrerías que les permitieran obtener una fuente de ingresos. Cuando tomaba una moto-taxi para desplazarme hasta Lunsar, no podía evitar pensar que quizás ese simpático tipo que me llevaba de paquete, había sido un niño soldado, asesino y víctima a un tiempo.

Que existe un tal Chema Caballero que se encarga de rehabilitar y dar un futuro mejor a los ex-niños soldados.

Que la mayoría de sierraleoneses comen sólo una vez al día. No hay dinero para más.

Que un médico local cobra alrededor de 1.000 euros al mes, toda una fortuna allí que, sin embargo, no frena la fuga de cerebros. Son muy pocos los que acaban la carrera de medicina cada año en Freetown y, cuando lo hacen, lo último que quieren es quedarse trabajando en su país. Algunos se quedan un tiempo en hospitales locales pero, en cuanto tienen algo de práctica, se van a otros países africanos en los que se cobra más y se vive mejor. He aquí uno de los mayores problemas de la sanidad en Sierra Leone.

Que Pemi Fortuny de Lax’n’Busto (grupo de pop-rock catalán) montó una radio local en el norte del país para otorgar voz a un pueblo tradicionalmente silenciado. La radio, además, es absolutamente independiente de fuerzas políticas y religiosas.

Que la promiscuidad es allí algo habitual, que todo el mundo lo sabe, que es vox populi, sin -apenas- dobles morales ni tapujos. Que ellos tienen amantes y ellas también. Que se habla de ello y es habitual encontrarse a un médico preguntando por las experiencias extramatrimoniales de su paciente -para poder tratarlos a todos en caso de contagios sexuales- y al paciente respondiendo sin pudor.

Que existe un famoso cantante sierraleonés que se llama Emerson. Y me gusta.

Que siguen habiendo sacrificios humanos. Se rumorea que durante las elecciones de 2007 se aconsejaba a los padres que vigilaran a sus hijos de cerca pues los diferentes grupos políticos podían cogerlos para realizar rituales que actuaran a su favor.

Que “opoto” significa blanco -y que lo más normal es que al caminar por la calle todos los niños vayan gritándotelo a tu alrededor-.

Que la guerra está aparentemente superada en tan sólo nueve años. Que los vecinos que antes se mataban, ahora conviven en paz. Que, según ellos mismos cuentan, se han perdonado. Que intentan no hablar del tema. Que saben que muchos de los rebeldes fueron también víctimas -los niños soldado, por ejemplo-.

jueves, 21 de octubre de 2010

Entre la vida y la muerte

Su trabajo no es fácil. Llegan desde España soñando salvar vidas y en seguida se dan cuenta de que no siempre es posible. Lloran cada niño que se les muere en los brazos y a menudo piensan que podrían haberlo hecho mejor. Deben aclimatarse al dolor y la impotencia. Deben olvidar casi todo lo que aprendieron en las universidades y adaptarse a una nueva realidad. Deben ser capaces de superar todas las adversidades. Deben aprender que lo que en casa funciona, puede que aquí esté de más. Aceptar que tanto los recursos humanos como la tecnología de la que disponen a veces no son suficientes. Comprender que, por desgracia, aquí la vida corre otro riesgo. Que hay menos vidas y más muertes. Que su trabajo, aunque importantísimo, no puede cambiar de la noche a la mañana la realidad del hospital.

Cuando entro en el quirófano Raúl ya está preparado para comenzar la intervención. Me mira fugazmente y, sin distraerse un segundo más de la cuenta, toma un bisturí y se inclina sobre el vientre que yace expuesto frente a él. Joven, entregado y dinámico, Raúl es uno de los cinco voluntarios destinados en Mabesseneh por San Juan de Dios. Hoy tiene una cesárea de gemelos. Y yo acepto acompañarlo, con la ilusión y los nervios de una primera vez. Su reto es que ambos bebés nazcan vivos; el mío, no desplomarme sobre el suelo al contemplar algo tan bonito -y sangriento- como lo que voy a ver.

A pesar de haber terminado hace unos meses su residencia, Raúl tiene el pulso y el temple de los expertos. Es lo primero que pienso mientras, venciendo mi instinto por apartar los ojos del corte, miro como realiza la incisión. Primero se abre la piel, luego el útero. Y, entre manchas de sangre y guantes de goma que rebuscan en el interior de un cuerpo, me preparo para lo que está a punto de suceder.

Cuando veo un pie asomando a través del corte, no doy crédito. No estoy mareada, pero una nebulosa extraña envuelve mi cuerpo -y aunque estoy ahí, siento que ya no estoy-. Es la adrenalina, la reconozco. Como cuando te tiras en paracaídas y te pasas un buen rato caminando sobre una nube, borracho de endorfinas y de emoción. Así estoy yo. Impaciente por ver el milagro de la vida, apretando fuerte los dientes, oyendo en estéreo y multiplicado el latido urgente de mi corazón. A un pie le sigue el otro y, más rápido de lo que imagino, el recién nacido muestra toda su vulnerabilidad ante nosotros. Ya está fuera y -aunque no llora ni se mueve- deduzco por el sentir general que está vivo.

El segundo bebé cuesta menos. O quizás es que como ya cuento con los precedentes del primero, mi cuerpo se ha relajado y el tiempo resbala sobre el quirófano algo mejor. Lo primero que veo esta vez es la cabeza y, en seguida, el cuerpo entero del niño tumbado sobre las manos de Raúl. Rápidamente se lo pasa a una enfermera y, mientras ésta se aleja en dirección a la habitación de al lado, él se dispone a limpiar y coser la herida que ha servido de puerta al mundo a los bebés.

Sigo a la enfermera pensando que voy a ver como les azotan el culete para que lloren, como les cortan el cordón umbilical, como los limpian y acicalan para llevárselos a la madre. Pero no. Los niños no respiran por si solos y es necesario hacerles la reanimación cardiopulmonar. Encabezando la operación se halla Vanesa, otra de las voluntarias enviadas por San Juan de Dios. Aprieta el pecho de uno de los gemelos, mientras otra enfermera le proporciona respiración. Dos enfermeras más hacen lo propio con el otro pequeño. Y tras mucho sufrimiento que prefiero ahorraros, los niños -primero uno, luego el otro- empiezan a llorar.

El final -o más bien el principio- ha sido feliz en esta ocasión. Pero los bebés se han debatido entre la vida y la muerte un buen rato. Y, con ellos, los voluntarios de San Juan de Dios.

La cara más amable

Como buena periodista de viajes, tengo la manía de analizarlo todo desde una perspectiva turística. Cuando voy a un restaurante, evalúo si podría recomendarlo en una guía. Si descubro algún rincón maravilloso, me lo explico con metáforas hasta que decido si merecería la pena contarlo o no. Si una ciudad me llega al alma, la bautizo con un titular. La belleza de Sierra Leone no podía a escapar a mi fiebre analista y discursiva. Y la verdad es que, a pesar de la pobreza que le aplasta las espaldas, el país tiene potencial.

Verde, rojo y azul son los colores que me vienen a la mente cuando cierro los ojos y pienso en Sierra Leone. El verde de la jungla, el rojo de la tierra y el azul intenso del mar. La bandera me lleva la contraria sólo en uno. Donde yo pongo rojo, ella pone blanco -y quizás sea por el blanco de la paloma de la paz-. Sierra Leone tiene también marrón en las casas construidas de adobe y naranja en las puestas de sol de postal. Amarillo, rosa, magenta y dorado en las ropas que invaden sus calles. Y negro en la oscuridad de la noche, en las voces, en el alma y en la piel.

Sierra Leone es ir en jeep cruzando la naturaleza más salvaje. Pararse en una aldea y mirar alrededor. Sierra Leone es también esa playa en la que no hay más que arena blanca, cocoteros y un solitario pescador. O esa otra en la que un chiringuito sencillo espera a que alguien se siente a comer barracuda, beber cerveza y tostarse al sol. Sierra Leone son también sus mercados, callejear entre especias y telas, entre collares, estatuillas y estanterías rebosantes de color. Sierra Leone es contemplar como elaboran la crema de cacahuete, como convierten la leña en carbón vegetal, como recogen el arroz. Sierra Leone es el trópico en estado puro. Sierra Leone es sorprenderse a cada paso. Sierra Leone es calor.

Tiene una belleza tan veraz que asusta un poco. Y te preguntas, “¿Hasta cuándo?”. Y sabes que durará lo que tarden los turistas en llegar. Y te entristeces un poco mientras el sentido común pone las ideas en orden y concluyes que ellos también tienen derecho a progresar.

Vivir sin luz

Vivir sin luz es vivir en un mundo que en nada se parece al nuestro. Vivir sin luz es hacerlo en las tinieblas, en los días cortos que acaban cuando cae el sol, en la previsión que te lleva a no dejar nada por hacer para después del ocaso. Vivir sin luz es tener que echar mano de las hogueras -como si de la prehistoria estuviéramos hablando- o de las lamparitas de petróleo que apenas iluminan débilmente la cara de tu interlocutor.

Vivir sin luz en un hospital es prácticamente imposible. Los médicos necesitan ver y la maquinaria necesita corriente para poder funcionar. Saint John of God palía la falta de electricidad con generadores propios que permiten un funcionamiento más o menos óptimo del hospital. Se encienden de nueve de la mañana a tres de la tarde, horas que se aprovechan para realizar las operaciones quirúrgicas, abrir los consultorios y pasar visita a los pacientes ingresados. Durante la tarde, luz y actividad se apagan. Y al anochecer, a eso de las siete y media de la noche, la electricidad vuelve a ponerse en marcha para contrarrestar la oscuridad natural de la sabana. Las limitaciones que ello genera en el hospital son evidentes. Y de ahí a la nueva iniciativa que está a punto de cambiarlas.

Cuando el hermano Fernando Aguiló recibió el premio Josep Parera -consistente en una importante suma de dinero- no se lo pensó dos veces: lo invertiría en paneles solares que permitieran disponer de electricidad ininterrumpida -aunque en un inicio será mixta: dieciséis horas de energía solar y ocho procedente de los generadores-. No era la primera vez que una solución así tenía lugar en el hospital. “Durante la guerra disponíamos de placas solares para dar servicio a nuestros pacientes”, recuerda el hermano. Sin embargo, cierta noche alguien las robó y no quisieron reponerlas. “En el fondo, ya nos iba bien no tener luz en aquellas circunstancias”, apunta. “La luz podía atraer a los rebeldes que, sin saber que era generada por un sistema de energía solar, acudirían en busca de petróleo”, termina.

Nueve años tras el final de la guerra y con el dinero necesario en el bolsillo, San Juan de Dios ha considerado que había llegado el momento de instalar los paneles de nuevo. El contenedor que los ha trasportado desde España ya se halla en Freetown, desde donde viajarán a Lunsar una vez obtenidos todos los permisos necesarios. Se prevé que ello suceda antes de Navidad. Gran regalo el que traerán los reyes este año.

martes, 19 de octubre de 2010

Una historia verdadera

Abu tiene trece años, la sonrisa tímida y unos ojos que buscan constantemente el suelo. Abu no se atreve a mirar cara a cara al mundo, seguramente porque ya ha visto demasiado. Hijo de una familia humilde de una pequeña aldea cerca de Makeni, su vida dio un giro de ciento ochenta grados el día que cayó al río desde un puente en el que se encontraba pescando. Y al caer, el infortunio quiso que se perforara la uretra con una rama.

Llegó al hospital y nada más verlo, la voluntaria que lo atendió reconoció la gravedad del caso. “Otro niño Cuidam”, dijo en voz alta. Y empezaron con los preparativos para poder enviarlo a España. Abu tenía que ir sondado permanentemente a través del agujero que le había perforado el vientre y cualquier infección que no se le tratara a tiempo podía acabar con su vida. Era un caso susceptible de ser amparado por Cuidam, pero San Juan de Dios recibe cada año tantas solicitudes que algunas tienen que ser descartadas. Abu esperó en el hospital el veredicto. Y pronto llegaron las buenas noticias que anhelaba.

En octubre de 2008, Abu aterrizaba en Barcelona. Lo hizo juntamente con Ibraim, otro niño sierra leonés que iba a ser intervenido de una dolencia similar -una piedra enorme le había caído encima aplastándole la uretra-, y la tía de éste. A Abu no le acompañaba ningún familiar. Su madre estaba enferma, tenía un hermano más pequeño y el padre no podía permitirse el lujo de abandonarlos a su suerte por unos meses. Pero Abu no estuvo solo. Además de Ibraim, del que se hizo amigo inseparable, contó en todo momento con el apoyo de muchos de los empleados de San Juan de Dios. Marta Millet, representante del Departamento de Economía y Finanzas dentro del programa de hermanamiento, recuerda cómo dieron la bienvenida al pequeño nada más llegar. “Tuvimos que enseñarle cómo se encendía y apagaba el interruptor de la luz y, sobre todo, insistirle en que vigilara con el agua caliente pues se podía quemar”, explica. De lo más básico a lo más complejo, todo -absolutamente todo- iba a a cambiar en la vida de Abu.

Estuvo once meses ingresado en San Juan de Dios. La operación fue un éxito rotundo pero debido a la complejidad de su dolencia, los médicos estimaron dejarlo en Barcelona un tiempo más largo del habitual. A Abu se le ilumina discretamente la cara cuando habla de aquellos días. Recuerda que acudía a la escuela del hospital, que algunos empleados se lo llevaban a casa durante los fines de semana y que comía cosas que nada tenían que ver con su cotidiana dieta de arroz. “Y un día me llevaron al Camp Nou”, exclama. Corría junio de 2009 y el Barça acababa de ganar la liga. No sólo fue testigo privilegiado de como el equipo ofrecía la copa a la afición, sino que además pudo fotografiarse junto algunos de sus ídolos. Todo un tesoro para un niño que, en condiciones normales, ni siquiera podría haberlos visto a través de la televisión.

Finalmente llegó el día en que Abu tenía que regresar a Sierra Leone. Cargado de regalos y recuerdos, tomó el avión que debía llevarlo de vuelta hasta su pequeña aldea sin más futuro que el de la supervivencia. Pero una decisión de última hora iba a cambiar su destino una vez más. Los hermanos de la Orden decidían pagarle los estudios y acogerlo junto a otros niños en las dependencias mismas del hospital. Actualmente, Abu va al colegio cada día, tiene un plato de comida caliente en la mesa y una habitación para él solo en un edificio sólido a prueba de monzón. Ve a su familia durante las vacaciones o cuando su padre puede desplazarse hasta Mabesseneh para hacerle una visita. Y cuando lo hace, siempre lleva una cabra como presente de agradecimiento a aquellos que cambiaron el devenir de su hijo.

Hoy es domingo y Abu no tiene clase. Tras dar un paseo en el que él se mira constantemente los zapatos y yo intento hacerlo sonreír, me acompaña hasta la puerta de mi habitación. Me despido de él no sin antes preguntarle si se considera un niño feliz. Y responde con un “a veces sí, a veces no” que denota una conciencia muy madura de su situación. Sabe la suerte que ha tenido; pero también la que hubiera podido tener.

lunes, 18 de octubre de 2010

De celebración con Ernest Bai Koroma

Si hace un año me hubieran dicho que hoy estaría en Sierra Leone, me hubiera reído mucho (no sin antes correr a por un Atlas para ver dónde se hallaba exactamente ese lugar). Si hace sólo cinco días alguien me hubiera augurado un encuentro con Ernest Bai Korama, hubiera buscado su nombre en google y sonreído incrédula al descubrir que se trata del presidente del país. Pero la fortuna existe. Y las casualidades también. Y el azar quiso que un reportaje sobre un campo de refugiados en la frontera birmana me trajera hasta Sierra Leone justo a tiempo para asistir a la celebración del 50 aniversario del obispo de Makeni, con el presidente de Sierra Leone como invitado de honor.

Voy a hablar de religión y política. Aviso. De religión, política y esperanza. De cuando las cosas se hacen bien. De cuando las misas no aburren y de cuando un político ilusiona. De cuando el lujo del Vaticano queda lejos. De cuando alguien apuesta por el cambio. De cuando un cura lo deja todo para dedicar su vida a África. De cuando un presidente con un país arrasado empieza por hacer llegar electricidad y agua (en lugar de prometer imposibles). De cuando se regalan condones para paliar el sida independientemente de lo que diga el Papa (conste que no hablo por los hermanos, a los que no me he atrevido a preguntárselo). De cuando los poderes se hallan cerca de la gente. De cuando el que manda no beneficia sólo a su tribu. De cuando la bondad gana a la jerarquía. De cuando despiertas un día y te das cuenta de que en la iglesia y la política, como en todo, hay gente buena y mala.

La celebración fue una misa multitudinaria al aire libre, seguida por una sencilla comida en un conocido hotel de Makeni. La ceremonia religiosa -entre cocoteros, con coro de gospel africano y danzas- nada tiene que ver con las que languidecen en las iglesias de España. Y no fue sólo ésta por tratarse de una ocasión muy especial; he asistido a dos misas en el hospital y el desarrollo es básicamente el mismo. El sopor deja paso a la alegría, los sermones no generan miedo y la gente se entrega en cuerpo y alma. Hay colores, bailes, tambores, niños jugando en las esquinas, canciones, luces y palmas. Sentada entre ellos no puedo evitar pensar que si en el resto del mundo la religión se alejara de las altas esferas y bajara a la tierra un poco, que si las iglesias no fueran oscuras y tristes, que si se modernizaran un poco y vieran las necesidades reales de la gente, quizás habría más fieles y menos insurrectos.

Existe un grupo en Facebook que reza algo así como “Cambio tesoros del Vaticano por comida para África”. Los tesoros siguen sin estar a la venta, pero la comida ya está llegando. Muchos son los religiosos que se han bajado de sus tronos para hincar bien los pies en el terreno. Yo, aunque escéptica y agnóstica reconocida, sólo puedo felicitarlos. Chapeau por ellos.

domingo, 17 de octubre de 2010

Freetown, la capital disfrazada de pueblo

Necesité ver Freetown para caer en la cuenta de que, efectivamente, me hallaba en un país tan pobre como apuntan las estadísticas. Mi experiencia asiática -continente al que he dedicado mis últimos años al completo- me había estado jugando malas pasadas desde que pusiera un pie en África y las comparaciones se habían sucedido trepidantes, anacrónicas e ilógicas, llevándome a un falso -pero moderado- optimismo sobre la realidad de este país. Creí que por no ver la miseria tan evidente y desgarradora de India, por ejemplo, aquí vivían mejor. Que por no ver montañas de basura en las esquinas ni millones de personas durmiendo en la calle, Sierra Leone tenía una pobreza más digna, matizada, sosegada, reversible, casi dulce.

Pero no. Cuando uno acude a la capital, se da cuenta de que tienen la peor pobreza que podrían tener. Una pobreza de pasado, presente y futuro de la que difícilmente podrán salir. Una pobreza global. Una pobreza que apenas entiende de clases sociales ni de sectores de la economía. Una pobreza que los abraza a -casi- todos por igual. Que los mantiene al límite, sobre el abismo, en la cuerda floja. Una pobreza que lo es también -y sobre todo- de infraestructuras. Una pobreza de base sobre la cual no es posible construir. O dicho de otro modo, que donde India tiene industria, asfalto, clase media, trenes, centros comerciales y McDonald's, aquí sólo hay gente y polvo. Que mientras la primera tiene sectores desde los que catapultar su economía, la segunda sólo tiene huecos. Que si Delhi es una capital, Freetown es poco más que un pueblo.

Encajonada entre el río, el mar y la montaña, Freetown se adapta al espacio como puede. Sus calles serpentean ladera arriba entre fango, hierbajos y barracas, mientras algunos barrios mojan sus cimientos en el lodo del arroyo y su zona costera se levanta más o menos digna frente a la playa. Sus aceras son inexistentes, su monumento más importante es una árbol de algodón y muchas personas siguen sin electricidad en sus casas. Freetown no tiene barrios mejores ni peores -o los tiene pero con diferencias tan sutiles que son imperceptibles para el ojo blanco-. En Freetown todo se confunde en una amalgama polvorienta que engulle todo lo que halla a su paso. Los bancos se alzan sobre calles irregulares, los ministerios en edificios decadentes y los mejores restaurantes aparentan ser mediocres, si no malos.

Freetown es, en definitiva, el despertador que te arranca del sueño africano. La realidad que te chilla que tras la aparente placidez de sus gentes, existe un salto al vacío. Y que alguien debería repararlo.