miércoles, 15 de octubre de 2008

Masaje a ciegas


Hacía mucho que lo tenía pendiente. Desde hace un año, desde que Matt y Felicity me hablaran de las manos de Nut, un tailandés ciego que tiene un centro de masaje en Chiang Mai. Y Nut sólo contrata a ciegos. Es su especialidad: masajes dados por las manos expertas de alguien que no ve. Y por todos es bien sabido que los ciegos desarrollan hasta el extremo el resto de sus sentidos. Y el tacto, como no.

Nut estaba ocupadísimo, así que he decidido que me cogiera otra chica. Han sido dos horas de masaje -sí, dos, y por sólo 5 euros- espectaculares. Lo he pasado mal, he sufrido, he mordido la almohada en ocasiones y he retorcido los dedos de los pies como si así fuera a paliar en algo el dolor. Pero ha sido espectacular. La chica me tocaba puntos que yo ni siquiera sabía que existieran, rastreaba con sus manos mi cuerpo y sabía exactamente donde apretar. Ahora me siento más ligera. Me ha recolocado el esqueleto. Estoy nueva.

Supattra Traditional, se llama el sitio. Para los que planeéis una escapadita a Chiang Mai.

(Por cierto, el OK del periódico que esperaba llegó ayer, así que podría decirse que mi viaje a Chiang Mai ha sido en balde. O no, el masaje lo justifica en parte. De todos modos, en dos días entro en el campo de refugiados. Me ha costado alguna pelea telefónica en ingles dificultoso -por ambas partes-, pero lo he conseguido. La cuestión es que como se suponía que entraba ayer con la otra Olga, nos habían hecho un pase compartico y ahora les estresaba tener que hacer otro. Pero al final, fotocopia del de Olga y arreando. El viernes estaré allí).

martes, 14 de octubre de 2008

De optimismos y demás historias

La optimista está en Chiang Mai. O, lo que es lo mismo, la optimista no ha podido entrar en el campo de refugiados. He comprobado mi correo esta mañana ya en Mae Sariang; y nada. Ni un no ni un sí. Nada. Lo que es una putada, porque sin su aprobación definitiva no podía arriesgarme a entrar en el campo y quedar incomunicada -allí no hay Internet ni teléfono- durante días. Luego es cuando les da por empezar a solicitarme cambios. Y yo feliz en el campo sin leer los correos. No podía jugármela.

Así que estoy de nuevo en Chiang Mai -tras 12 horas en autobús local hasta Mae Sariang, despedida de la otra Olga ya que ella sí que ha entrado hoy en el campo y autobús de 5 horas más hasta Chiang Mai-. Tenía ganas de estar aquí de nuevo. Puestos a esperar quién sabe cuánto por una respuesta del periódico, qué mejor que hacerlo en una de las ciudades que más me gustan del continente asiático. Es un lugar con precedentes -muchos- y necesitaba valorar si los tenías superados o si el pasado me ancla también aquí al recuerdo.

Es mi tercera vez en Chiang Mai. Y en este caso, el refrán que reza que segundas partes nunca fueron buenas se equivoca del todo. La segunda fue mucho mejor que la primera, aunque en ambas reí y lloré, bailé y me dejé caer sobre la cama derrumbada. Pero la segunda tuvo momentos mágicos, de romance, de luces sobre el río y en el cielo, de proyectos comunes, de copas de vino en la cama, de cenas para dos, de fiestas para cinco y de visitas de amigos. Ahora, en la soledad de mi paseo por esos mismos escenarios que un día estuvieron llenos, el pasado escuece un poco. Pero necesitaba sentirlo. Me siento viva en los altos y bajos, en las dudas, en las carcajadas que se suceden al poco por el llanto. Qué le voy a hacer si soy así. Prefiero las montañas rusas a los paseos en barca por un lago.

No hay dos sin tres, dicen también. Y aquí estoy para demostrarlo. Por tercera vez en el mismo lugar y en la misma Guest House, la Rama. En ella pasé algunos de los momentos más amargos de mi primer viaje; en el segundo me reconcilié con sus paredes y en el tercero me acoge familiar, dócil, amable, cargada de voces y de gestos, de experiencias, de vivencias, de recuerdos, de pasado. Tim -su propietario, un americano gay y simpatiquísimo con el que congeniamos mucho la vez anterior- ha saltado literalmente de la barra cuando me ha visto aparecer con mi mochila en la entrada. Un abrazo, una coca-cola para resumirnos nuestras respectivas vidas durante el último año y ya me vuelvo a sentir en casa. Pero una casa vacía siempre duele. Poco a poco la iré amueblando.

A la tercera va la vencida. A ver si le doy la razón al dicho y salgo de Chiang Mai sin ningún lastre con el que seguir cargando.

lunes, 13 de octubre de 2008

Incertidumbre

Puede que mañana entre en el campo de refugiados de nuevo; puede que no. Tengo algunos artículos pendientes del OK definitivo por parte de los redactores jefes de las diferentes publicaciones y me tienen en vilo. De momento -y como soy una optimista nata-, viajo esta noche a Mae Sariang, el último pueblo tailandés antes de la zona fronteriza en la que se hallan los campos de refugiados. Si tengo los OK, entro; sino, me iré a Chiang Mai un par de días, retocaré los textos y luego regresaré para entrar en el campo.
Tengo ganas. Ya hace casi un año que estuve allí y jamás cumplí la promesa que les hice de regresar de nuevo. Se lo debo. Y me lo debo también a mí. Tengo ganas de volver a estar entre ellos, de ver sus caras de felicidad cuando entre al aula el primer día, de regalarle a Mussy -la señora de la casa en la que me alojé la otra vez- los saquitos de especias que le he traído de la India, de volver a sentarme ante un fuego y una guitarra a cantar con ellos, de resvalarme y tropezar de nuevo en las cascadas.
De momento, incertidumbre. Si no tenéis noticias mias en un tiempo es que estoy dentro.

domingo, 12 de octubre de 2008

Olga al cuadrado

Olga al cuadrado, sí. Y por dos motivos: porque estoy más Olga que nunca, más transaparente, más sincera, más yo misma en mi pequeño mundo tailandés que no entiende de superficialidades, aparencias ni dobles caras; y por que desde ayer somo dos Olgas y no una, yo y la otra, mi amiga, la que ayer aterrizó en Bangkok para venirse conmigo al campo de refugiados Karen como voluntaria.

Así que somos dos Olgas en Bangkok. Dos Olgas y dos Pepes. Cachondo. Parece que no haya más nombres en España. Me encontré con mi amigo mallorquín (de nombre Pepe) en Kao San por casualidad y con él conocí a otro madrileño del mismo nombre. Ahora vamos juntos los cuatro y cuando nos llamamos parece un chiste. Chou, la quinta en discordia -una chica de Taiwan a la que todos confunden por tailandesa- no entiende nada.

Tal y como pronosticaba a mi llegada, las sensaciones, los recuerdos y los flash-backs se han ido sucediendo sin parar en los casi cuatro días que llevo en mi lugar en el mundo -otro homenaje más a Javier-. He regresado a Chatuchack Market, he vuelto a montar en tuk-tuk y en moto-taxi, he comido gusanos fritos y hormigas con cebolla, he picoteado en la calle -esas brochetas tan buenas, esos pad thai, esos mango sticky rice que tanto he echado de menos-, he vuelto a arrastrar la última "a" de kapunkaaaaa con sonido nasal imitando a los locales, he tomado el sky train, me he dado un Thai Massage por cuatro euros, he hecho el mismo paseo en barca por los canales de la ciudad que hice en mi primer día de mi primer viaje a Tailandia. He revivido momentos, personas, sentimientos, miedos, ganas, realidades.

Bangkok es mi presente, pero me cuesta discernirla del pasado.

viernes, 10 de octubre de 2008

Home, sweet home

Estoy en Bangkok. Mi cabeza todavía no ha empezado a asimilarlo. Estoy en Bangkok. Me lo repito y me lo repito sin llegar a creérmelo. Estoy en Bangkok.



Me hallo aquí de nuevo, en el lugar con el que llevaba meses soñando, en las calles que evocaba cuando el hastío me atrapaba en Barcelona, en el país cuyo nombre me suena a juego y a promesa. Tailandia. No me digáis que no tiene una sonoridad divertida, de país que hay que tomarse a broma, de desparpajo, de ficción, de nombre que no existe en ningún mapa más que en el mapa del tesoro de algún pirata extraviado. Tailandia siempre me ha sonado así: a ciudad de ficción de alguna novela de aventuras. Bangkok también. Suena a divertimento. Y para mí siempre lo ha sido.

He vuelto. Y el llegar aquí procedente de India, ha distorsionado un poco mi entrada. Bangkok es fascinante -lo sé- pero esta vez la encuentro mucho más sosa, más limpia, más vacía, más ordenada. Y es por contraste con India. Los tailandeses son también mucho más simpáticos, sonrientes, hospitalarios y atentos de lo que recordaba. Es una mala jugada de mi mente. Un día atrás estaba en India y, a su lado, Tailandia es casi Europa -sin el casi quizás-.

Me siento rara. Contenta -rozando la felicidad extrema y la emoción: ayer, de hecho, bajando a la ciudad en taxi desde el aeropuerto, se me escaparon un par de lágrimas-, expectante, tranquila. Me siento de nuevo en casa. Voy recordando sensaciones que tenía olvidadas. Imágenes, sonidos, olores que había echado de menos, a veces sin saberlo, otras imaginándolos a propósito como vía de escape en noches de insomnio tirada sobre mi cama: el olor de los puestos de comida callejera, los 7 Eleven, los carteles luminosos de Kao San Road, la música de los carritos de helados, los taxis rosas, la Tom Yam Soup, los templitos por todas partes, los Sawaidii y los kapunka, los batidos de frutas, las Shingas, las vendedoras de ranas musicales, las guiris de camisetas escotadas. Es un suma y sigue. Lo sé. Seguiré recordando y reencontrándome con mi pasado a cada minuto en mis próximas horas, en los próximos días, cuando vuelva a mi isla, cuando recorra con la vista lugares en los que ya hice posada.

Me siento en casa como siempre que he regresado a este país y a esta ciudad. Pero ahora todavía más, si cabe, por el afortunado encuentro con una persona de mi entorno más inmediato en Barcelona. Ayer vi a Cris. Él se marchaba hoy -primero Shangai y desde allí ya para casa- y yo llegué ayer, así que teníamos una tarde-noche para nosotros. Para alucinar pensando que estábamos a 10.000 kilómetros juntos, para explicarnos los respectivos viajes o simplemente charlar como si en lugar de en Kao San estuviéramos en Gracia. Quemamos Bangkok -a base de cervezas, música de un grupo de rock y discoteca hasta altas horas de la madrugada-. Y sin apenas dormir, él se ha ido hacia China esta mañana. Fue breve pero intenso. Y no tiene precio un abrazo de verdad, de alguien al que quieres muchísimo, en la otra punta del mundo cuando se viaja sola.

Y la suerte sigue de mi lado. Esta mañana, caminando por Soi Rambutri he escuchado que gritaban “¡Guapa!”, en castellano. Me he girado y he visto a Jose, el mallorquín que conocí en Dharamsala. Qué pequeño que es el mundo -la vida me demuestra cada día la veracidad de esta máxima-. Tomaba unas cervezas con un madrileño, me he unido a ellos y esta noche cenaremos juntos. Así da gusto volver a casa.

El limbo se llama Dhaka


El mío, al menos. El de antes de ayer. El que me retuvo durante casi 12 horas en algún punto entre India -mi origen- y Tailandia -mi destino-. Y ese punto era Bangladesh, su capital para ser más exactos, su aeropuerto si queremos afilar más. Aunque lo abandoné por unas horas porque cometí la estupidez de pagar 20 dólares por un visado de tránsito, los transfers y un hotel. Pero vayamos por partes.


Volaba con Bangladesh Airlines y nada más embarcar me di cuenta de que aquello iba a se una aventura. Me sentaron en la salida de emergencia -genial, podría estirar las piernas y bla, bla, bla, bla, bla- pero lo que era un hecho positivo en principio, se convirtió en toda una preocupación: la puerta de emergencia estaba rota , una parte importante de la misma estaba salida hacia dentro dejando algún pequeño agujero que me comunicaba con el exterior. El hombre de mi lado -un sikh nacido en Tailandia que se convertiría en el entertainment del trayecto- debió adivinar mi susto -¿por mi cara quizás?- y vino a tranquilizarme de maneras poco ortodoxas diciéndome “no pasa nada, a la ida yo fui con otro -de la misma compañía- que tenía un boquete así”. E hizo el “así” con las manos para luego concretármelo sacándome la fotografía del delito. El agujero era realmente grande. Gracias. Aquella compañía sí que era de fiar.


Quizás para que me olvidara del problema, quizás por que estaba algo loco -tras varias horas con él, me inclino por lo segundo-, el tipo, Sam, me empezó a hacer juegos de magia. Era bueno -muy bueno- y lo cierto es que consiguió no sólo que me riera durante las dos horas largas de trayecto, sino también que todos los pasajeros -indios y bangladeshis, ningún occidental- estuvieran pendientes de lo que pasaba en aquellos dos asientos del avión. Todos los ojos clavados en nosotros, sobretodo en mí. En aquel momento respiré tranquila por haber escogido un modelito tan discreto para la ocasión : camiseta de propaganda ancha y con mangas y pantalones cagados. Así no tendrían excusa para mirar más de la cuenta.

El avión, como no, salió con dos horas de retraso y llegó con dos horas de retraso también. Ahí tenía dos opciones: dormir en el mismo aeropuerto -tirada en el suelo, con mi cámara y mi portátil a merced del que quisiera llevárselos-, o pagar 20 dólares por un transit visa, los taxis y un hotel. En pack. Opté por lo segundo, a fin de poder dormir mejor .Y allí empezó la odisea. Burocracia lenta -lentísima- con un tío que tecleaba los datos de todos -éramos 9, en total, los que habíamos escogido esta opción- en el ordenador con dos dedos, con la lentitud del que no sabe hacerlo mejor. Me dio tiempo de hacer amigos: Sam, Rubí y su marido -una pareja del Punjab de lo más moderna- otro chico de Udaippur que trabaja en Bangkok. Nos hicimos íntimos. La espera era larga y el lugar adverso. Es lo mejor en estos casos.


Llegamos al hotel pasadas las 3 de la mañana y se suponía que a las 8:30 deberíamos salir de nuevo hacia el aeropuerto para tomar nuestro avión. Hice los cálculos: podría dormir 5 horas, no estaba del todo mal. Me duché rápido -secándome con la colcha de la cama porque no había toalla y no iba a bajar en pelotas a buscarla-, me fumé un par de cigarrillos y me metí en la cama dispuesta a aprovechar hasta el último minuto de sueño. Pero no me dejaron. De repente, llaman a la puerta. Se habrán equivocado, pensé. Pero a los dos minutos vuelven a llamar. ¿What? Al otro lado, silencio, seguido de dos golpes más. ¿WHAT? Una toalla. No la quiero, ya me he duchado, déjeme dormir. Me meto en la cama de nuevo. Pillo el sueño y vuelven a llamar.¿¿¿ WHAT??? Silencio. Llaman de nuevo. ¿¿¿¿¿WHAT???? Open the door. Noooooooooooo. Son las 4 de la madrugada, estoy durmiendo -ESTABA-, déjeme en paz. Estuvieron hasta las 4:30 aporreando la puerta cada diez minutos. Genial.


Pero no dándose por vencidos, a las 6:30, cuando mi sueño era lo más profundo que puede ser, de nuevo: TOC-TOC. Estoy soñando, pensé. Pero no. Dos golpes más confirmaban mi primera idea de los bangladeshis : están locos. Me acerco a la puerta, de mala uva. ¿What? Breakfast. ¿¿¿¿¿Qué????? ¿A las 6.30 de la mañana? Perdone, me he ido a dormir a las 4:30 porque se han pasado la noche golpeando la puerta de mi habitación y ¿me despiertan a las 6:30 para desayunar cuando tengo que salir hacia el aeropuerto en dos horas? ¿Do you think I need two hours to eat my breakfast? Me sulfuré. Le dije al tío que se fuera, me vestí y bajé a recepción hecha una furia. Empecé a chillar. ¿DO YOU THINK THAT WHAT I NEED THE MOST NOW IS BREAKFAST? Desde aquel momento, no hubo más golpes en mi puerta. Pero el cabreo me había desvelado. Ahora quería desayunar.


Tal fue mi experiencia en Bangladesh. El siguiente vuelo lo pillamos sin problemas -y sin retraso- y tras dos horas en un avión de lo más prehistórico también -a este le faltaban las luces y los aires acondicionados que cada pasajero lleva encima… y en su lugar había agujeros, como de haber sido arrancados-, llegué por fin a Bangkok. Home, sweet home. Pero esto ya es otra historia y otro post.


jueves, 9 de octubre de 2008

Despedida la francesa




Ayer me fui de Delhi sin despedirme. Es algo que suelo hacer cuando un lugar me gusta. De hecho, hay dos opciones en tal caso: 1) o me no me despido prometiéndome volver, o 2) le digo adiós de manera trágica, girándome constantemente hacia su silueta mientras me alejo, como si fuéramos dos amantes cuyas vidas se separan en un aeropuerto.


Esta vez he puesto en práctica la primera, más por casualidad que por voluntad verdadera. Mi vida histriónica, desquiciada y loca quiso que el martes coincidiera en Delhi con un colega periodista de Madrid. Un colega con influencias suficientes para conseguir que lo alojaran por la cara en el hotel más caro y lujoso de toda la ciudad. Y me invitó. La habitación era doble, me dijo, mejor que la disfrutáramos los dos.

El hotelazo se llama Imperial -anotad bien el nombre, sobretodo si os sobran 400 dólares que es lo que cuesta una habitación estándar- y en 2008 ha sido elegido el mejor hotel de Asia. Podría estároslo describiendo durante horas, pero creo que sólo harán falta un par de datos para espolear vuestra fantasía y que imaginéis el resto: tenía una tienda enorme de Chanel en el lobby, y -esto es para mi lo más heavy- una piscina alucinante en la que, al sumergir la cabeza bajo el agua, escuchabas música clásica. ¿Os lo podéis creer? Ok, yo tampoco me lo creería si no lo hubiera probado.

Así que me he ido de Delhi sin despedirme de su esencia. Le he dicho adiós oliendo a jazmín -la fragancia del hotel, a 4000 rupias el litro- en lugar de a orina, entre tipos trajeados forrados de pasta en lugar de entre backpackers perroflauticos, ante las reverencias del servicio en lugar de ante los desdenes y regateos agresivos que te dejan con la palabra en la boca. Le he dicho adiós desde una habitación con bañera, cama mullida y aire acondicionado. Le he dicho adiós sin vivir por última vez sus ricksaws, sus vacas, su basura, sus mercados.