jueves, 14 de octubre de 2010

Aprendiendo a mirar de frente

Hospedarse dentro de un hospital te hace fuerte. Pasear por Sierra Leone también. No te vuelves inmune al dolor, pero aprendes a mirarlo de frente y, poco a poco, te vas familiarizando con él. Aquí no existe ningún mando a distancia gigante que me permita apagar la imagen de la miseria y centrarme en el canal de deportes mientras sigo devorando impasible un tentempié. Aquí debo ser capaz de mirar cara a cara a todos esos niños que esperan de mi una sonrisa y no una mueca de pena ni de compasión. Es lo mejor para ellos. Y para mí, el único modo de sobrevivir anímicamente en un lugar en el que la realidad escuece mucho más que en nuestros privilegiados entornos o que a través de la televisión.

Además, es lo más justo. Son niños por encima de enfermos, personas más allá de gente pobre. Todos, mayores y pequeños, lo último que necesitan es que alguien les recuerde con su actitud su situación. Aprendes a dialogar y jugar con ellos sin que su futuro incierto afecte a ese momento. Aprendes a neutralizar el contexto, a que en ese instante sólo exista lo bueno, a que mientras compartís el tiempo no haya nada más que vuestra relación.

No es complicado ni sencillo. Es simplemente intuitivo. Inconsciente. Natural. Fluido. Aunque a veces todo se tuerce cuando, en pleno juego, una idea acude fugaz a la memoria. Es sólo un instante -uno sólo-, un pensamiento que te sacude por dentro, una verdad que lucha por hablar. Y de repente recuerdas que un tercio de esos críos que tomas en brazos no pasarán de los cinco años de vida. Y se te cae el mundo encima mientras sigues blandiendo una sonrisa. Aunque seguramente un atisbo de tristeza te haya asomado a la mirada. Y rezas por que no lo noten. Y rezas por no ponerte a llorar.

martes, 12 de octubre de 2010

Cooperación para principiantes

Hermanarse con un hospital africano no es sencillo. Pero tanto a San Juan de Dios como a las personas que forman la Orden les gustan los desafíos cuando saben que pueden ayudar. “Cuándo acabé la carrera de medicina, en seguida decidí venir a África”, me cuenta el hermano Manuel mientras apura una plato de kasaba con arroz. “¿Dónde pueden necesitar más que aquí nuestra labor?”, pregunta sin esperar respuesta.

El hermanamiento entre ambos hospitales supone una relación de colaboración mutua. Si bien es San Juan de Dios en Esplugas el que tiene los recursos y Saint John of God en Mabesseneh el que los necesita, el lazo que los une no debe ser paternalista ni unilateral. “Ello únicamente serviría para crear más necesitad”, me explica el hermano Fernando. Y es que en África debemos ir con pies de plomo. Cualquier decisión que se tome debe haber estado puesta en tela de juicio varias veces y, sobre todo, analizada desde una perspectiva local. Nuestras todopoderosas soluciones occidentales pueden no tener espacio en el África actual. Por ejemplo, ¿de que serviría hacer test de diabetes si aquí no tienen insulina para tratar la enfermedad? ¿Y comprar un TAC si ningún profesional sabe leer los resultados? ¿No habrá otras necesidades más inmediatas? Construir la casa desde los cimientos o por el tejado: he aquí la cuestión.

Montse Renom lo ejemplifica con un caso real referido a la transmisión del VIH por lactancia materna. En los países occidentales substituyen la leche de la madre por leche artificial con el fin de paliar la infección vertical del virus. “Y diversas iniciativas provenientes de occidente que han querido exportar esta fórmula hasta el continente africano han fracasado estrepitosamente ”, explica la doctora. El problema es que nos movemos en realidades muy diferentes. “En primer lugar, si un programa en el que se ofrecen biberones y leche artificial a las recién estrenadas madres se interrumpe, éstas ya no pueden alimentar a sus hijos puesto que se les ha retirado la leche del pecho”. Y algo que se ha hecho por ayudar, acaba por entorpecer. Además, en países de este tipo existe una escasez de recursos que debe tenerse en cuenta. “Si las mujeres preparan el biberón con agua que no es potable, por ejemplo, puede ser peor el remedio que la enfermedad”. Existe también una realidad cultural que debe ser contemplada en el momento de iniciar un programa de este tipo. En África la lactancia artificial no es común ni está socialmente aceptada. Muchas mujeres la rechazan simplemente porque no forma parte de su modo de proceder habitual o, en algunos casos, porque en caso de dar el biberón al bebé tanto el marido como la familia sospecharían que está infectada. “Así, las mujeres les dan a sus hijos el biberón cuando están solas y el pecho cuando están en compañía, cosa que según estudios recientes provoca que aumente el riesgo de contagio en lugar de disminuir”, concluye la doctora.

San Juan de Dios se separa rotundamente de esta vía y apuesta por el trabajo de campo en el que sus profesionales conocen muy bien la realidad local. Además, rechazan enérgicamente el asistencialismo y apuestan fuerte por la formación. “Dárselo todo masticado no es la solución, sólo sirve para crear lazos de dependencia muy poco sanos”, comenta el hermano Fernando Aguiló. El objetivo es precisamente el opuesto: “Les ayudamos en todo lo que está en nuestras manos pero animándolos a que se impliquen en los procesos, enseñándoles cómo hacerlo mejor, intentando que generen iniciativas propias”. Y cuanto más terreno van tomando los responsables locales, más terreno va soltando San Juan de Dios. La finalidad última es que llegue un día en que puedan caminar solos.

lunes, 11 de octubre de 2010

De luces y sombras

Me gusta llegar a mis destinos de noche. Así, las sombras me permiten intuir sin conocer y sigo manteniendo mis ganas en vilo hasta la mañana siguiente, hasta que el amanecer me arranca del sueño y me lleva de la mano hasta una nueva realidad.

Mis ganas se mantuvieron intactas durante la primera noche en el hospital. Conocimos poco más que el comedor y las habitaciones mientras el resto del recinto restaba en la oscuridad. Dormí. Dormí bien -soñando más de la cuenta, cosa que acostumbra a pasarme cuando estoy de viaje-. Y a la mañana siguiente, la luz y las prisas por lanzarme a África me zarandearon hasta hacerme despertar. Y la vi. Ya no sólo la intuía como lo había hecho la noche anterior. Su silueta se materializaba ante mí. Y era perfecta -dentro de su imperfección-. Me emocioné. El síndrome de Stendhal volvía a jugar conmigo como ya hiciera en Roma o en India al ver cosas que no esperaba ver. Estaba en África. Y las palmeras, los niños jugando a la pelota, los sonidos de cánticos lejanos y los nativos andando de aquí para allá, no daban lugar a confusión. Y la luz -sobre todo la luz-. Esa luz africana que hasta que no te la bebes, no la puedes comprender ni imaginar.

Pero lo mejor todavía estaba por llegar. Tras el desayuno -en el que conocí a algunos hermanos de la Orden así como a diferentes trabajadores del hospital- nos tenían una sorpresa preparada. Antes de llegar a ello, debo aclarar que no he viajado sola hasta aquí. La fortuna quiso que haya coincidido en espacio y tiempo con personalidades muy importantes dentro de la vida de San Juan de Dios en relación a este país. En primer lugar, el hermano Fernando, coordinador del Programa de Hermanamiento con Sierra leone que, además, vivió 20 años ejerciendo de médico aquí. También han viajado conmigo Oriol y Rubén -los tuteo porque tras haber compartido desayunos, excursiones y bromas, no creo que les pueda importar-, director de Obra Social y director médico, respectivamente. Y por último Marta, directora de finanzas, y Montse, coordinadora de la Unidad de Salud Internacional. Como veis, estoy muy bien acompañada. Y el recibimiento que estaban a punto de darnos, no era por mí, sino por todos. Y por el hermano Fernando -al que tienen un enorme cariño- en especial.

Nos llevaron a una pequeña caseta algo elevada desde la que era muy fácil contemplar alrededor. Se oían tambores acercándose al compás de una multitud pisando fuerte sobre la tierra del camino. Y de repente, allí estaban. Todos. Médicos y enfermeras. Familiares de pacientes y gente del pueblo. Voluntarios. Limpiadores. Cocineros. Y niños -de nuevo, muchos niños. Bailaron danzas tradicionales al ritmo de los jambés mientras nosotros mirábamos boquiabiertos. La gente se acercaba a saludarnos, a darnos la mano, a pedirnos fotos. Una mujer repartía una mezcla de cierta planta sagrada con aceite para atraer la buena suerte. Alguien enmascarado y disfrazado -si me preguntarais de qué, yo diría que de tótem- daba vueltas sin parar. El chief del pueblo -el poder no político, sino social, el que tiene el verdadero respeto por parte de la comunidad- nos dirigió unas palabras en timini. Un médico lo tradujo y añadió otras palabras más. Los niños miraban curiosos. Los adultos sonreían. Nosotros no dábamos crédito. Aquello era una verdadera fiesta. Y es que, en realidad, había mucho que celebrar.

Y la noche se hizo día. Y la luz ganó a la oscuridad. Y yo comprendí de golpe dónde me encontraba. En el epicentro de un pueblo que agradece como sabe que alguien se haya preocupado por traer salud y esperanza hasta este rincón olvidado

de un país que no cuenta

en un continente condenado a agonizar.

domingo, 10 de octubre de 2010

Primeras impresiones

Nunca imaginé cómo sería Sierra Leone. Pero de haberlo hecho, la habría evocado precisamente así. Un país de naturaleza exuberante y desbordada. Un lugar de pocas prisas, sonrisa fácil y luz muy especial. Un rincón que huele a leña y queroseno. Un jeep levantando polvo en el camino. La jungla rugiendo. La oscuridad invadiéndolo todo. Alguien que camina junto a la carretera sin venir de ninguna parte y encaminarse a ningún lugar. Un cielo muy estrellado que encuentra su espejo en las hogueras y lamparitas de petróleo que iluminan las aldeas al caer el sol. Una pereza amable que se entretiene a la sombra dándole tregua al reloj. Niños -muchos, por todas partes- que juegan, ríen, trabajan, lloran, maman, se levantan y se caen. Palmeras y mosquitos. Pobreza y hospitalidad. Algunas luces y más sombras. Cuatro blancos y seis millones de negros con un país por levantar.

Llegamos anteayer a las seis de la tarde, hora local. Aterrizamos en un aeropuerto de juguete en Lungi, al otro lado del río que lo separa de la capital. Lo primero en lo que uno repara es en la humedad que flota en el ambiente; lo segundo, en el take it easy del proceder africano que te entretiene más de lo que el sentido común aconseja sin motivo ni razón. Luego, el coche llega. Y con él las tres horas de carretera imposible -pero rabiosamente bella- que nos separan del hospital. Baches, charcos y polvo en medio de la oscuridad. Y es que en Sierra Leone no hay electricidad -sólo en Freetown y en las casas de algunos privilegiados que tienen generadores propios-. La luz tenue de la luna deja intuir los contornos de los cocoteros mientras que el resplandor de las hogueras nos permite ver un poco más allá. Las llamas iluminan las caras de familias enteras reunidas alrededor. Y en algún punto entre la mirada de un niño y el silencio ensordecedor de la sabana, decido que África me gusta. Sin más.

miércoles, 6 de octubre de 2010

África is different

Ahora sí. A menos de dos días de hacer aterrizar mi pies en Lunsar, reordeno mi maleta (lleva días medio hecha) y mis ideas a un tiempo. No quiero dejarme nada ni olvidar el verdadero motivo por el que viajo hasta allí. Hace días que, entre los nervios, los preparativos, las reuniones con San Juan de Dios y el papeleo, ya no sé si voy a ejercer de médico, de cooperante, de viajera o de todo a la vez. Pero no, hoy lo he recordado. Voy en calidad de periodista ciudadana. Y eso es todavía mejor.

El tema central que voy a investigar es el de la unidad de telemedicina que permite dinamitar 5.000 kilómetros y acercar de modo casi futurista a los médicos de San Juan de Dios en Barcelona hasta los pacientes de Sierra Leone necesitados de sus conocimientos. De todos modos, muchas serán las historias laterales que se cruzarán con esta, centenares las personas con vidas absolutamente fascinantes que se encontrarán conmigo en unas mismas coordenadas espacio-temporales, decenas los paisajes que me encogerán el alma y me encenderán la piel. Y ahí estaré yo para contároslo -y contármelo, que a menudo necesito escribir para entender-.

Estos últimos días, muchas de las personas de mi entorno que han estado en el continente africano han coincidido en darme una única información: África es diferente. Ni consejos, ni advertencias, ni películas a medio contar. Sólo eso. Y lo agradezco. En parte, porque así dejan intactas mi imaginación y mi capacidad por sorprenderme; en parte, porque estoy segura de que lo será -diferente, digo-. De hecho, ya lo está siendo. África es distinta por las mariposas de colores que han echado a volar dentro de mi estómago. Hacía mucho que ningún viaje conseguía hacerme sentir así.

domingo, 3 de octubre de 2010

Palabra de kamikaze

Perdida entre páginas web, teléfonos de embajadas y cónsules honorarios. Cuanto más me informo acerca Sierra Leone, más despierto a la realidad de lo inconsciente que he sido. Un país complicado, sin lugar a dudas. Pero cada nueva complicación, le suma una nueva ola de ganas a la aventura. Qué se le va a hacer si soy una kamikaze. Si siempre lo he sido. Si siempre lo seré.

La historia de Sierra Leone es dura. Durante el siglo XVIII, el país se convierte en un importante centro de tráfico de esclavos y miles de personas son secuestradas en sus casas y enviadas a Estados Unidos. Una vez liberados, vuelven a Sierra Leona y fundan Freetown, la que será la capital del país hasta nuestros días. Más tarde, durante el siglo XIX, las grandes potencias europeas se reparten el continente africano. En el año 1808 Freetown pasa a formar parte del Imperio Británico como colonia, y en 1896 el interior del país se convierte en protectorado. En 1961 ambos territorios se combinan y ganan la independencia. Treinta años más tarde, la intervención del país en el conflicto liberiano conduce a una cruel guerra civil (1991-2001) de la que serán tristes protagonistas los niños soldados y los diamantes de sangre.

Todo ello da como resultado un país extremadamente pobre. El 70% de sus 6,4 millones de habitantes vive con menos de un dólar diario. El PNB por cápita es de 610 $ EUA y la cifra de analfabetismo es del 65’2%. Por otro lado, según datos del Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD), Sierra Leone tiene el índice de mortalidad infantil más alto del mundo. 161 niños de cada 1.000 mueren antes de cumplir un año y 285 de cada 1.000 mueren antes de los 5 años. En total, 446 niños de cada 1.000 que nacen, casi la mitad, mueren antes de cumplir los 5 años. La tasa de mortalidad materna también es una de las más altas del mundo, 2.000 de cada 10.000 madres mueren tras el parto. La población de Sierra Leone es muy joven, un 42’8% es menor de 14 años y sólo un 3’5% de la población es mayor de 65. La esperanza de vida es de 42 años en el caso de los hombres y 43 en el de las mujeres, según el World Health Report del año 2006.

Vaya, el típico lugar al que alguien que ha ganado un concurso quiere ir como premio. Pues yo sí. Yo soy así. Tengo ganas de hurgar donde pocos lo han hecho y poder dar a conocer el enorme avance que ha supuesto -estoy segura- la llegada de las nuevas tecnologías en materia de salud para los más desfavorecidos.

Me voy en… ¡5 días!

viernes, 3 de septiembre de 2010

Koh Tao (el reencuentro)

Temía y esperaba mi llegada a Koh Tao a partes iguales. Mis ganas por volver a enterrar mis pies en la arena de sus playas sólo podían compararse al terror por sentirme fuera de lugar tanto tiempo después o -peor todavía- por redescubrir que aquella burbuja de la que ya consiguiera salir volvía a atraparme entre sus buceos tempraneros, sus cervezas de media tarde y sus noches estrelladas de jungla rugiendo y deuvedé. Koh Tao, sin embargo, no está siendo ni lo uno ni lo otro. Está siendo mucho más -o mucho menos-. Está siendo, por ejemplo...

… unas lágrimas al ver su línea de costa desde el ferry
… sentir que nunca me he ido o que jamás he acabado de volver
… un desayuno en el bar de siempre disfrutándolo como nunca
… bucear por placer
… una marea de recuerdos que no ahogan
… sentir que estoy de nuevo en mi mundo y que estoy fuera de él
… saludar a los que estaban hoy y que seguirán estando ayer
… ir de ruta por mis restaurantes favoritos
… regresar a Aow Leuk y ser feliz
… que llueva a mares sobre la jungla y vivirlo como si nunca hubiera visto llover
… abrazar a aquellos que querría tener cerca y que tengo lejos
… descubrir que podría volver a vivir aquí perfectamente y darme cuenta de que necesito algo más dos minutos después
… amar la isla como amo pocas cosas en la vida
… concluir que soy una tipa complicada
… besar a mi chico en la playa y pensar que mi paraíso está donde esté él
Koh Tao. La isla que marcó un antes y un después.