lunes, 4 de mayo de 2009

De habitante a permanente

En apenas un mes mi vida se ha asentado -un poco más, si cabe- sobre la nube de arena y sal en la que vivo. Antes, aunque ya me consideraba habitante, lo era sólo a medias ya que mi futuro inmediato acababa con el final de mi DMT y la incertidumbre de si encontraría un trabajo o no. La situación estaba complicada –la crisis ha llegado también a Tailandia y estaba harta de ver a ex compañeros del curso pululando por la isla entregando currículums y sin recibir ninguna llamada- y yo ya empezaba a sopesar planes “B”. Pero contra todo pronóstico, todo salió bien. El día cinco acababa el curso y el seis ya me estaban contratando. Supongo que todo se reduce a estar en el lugar correcto en el momento adecuado -a eso y a tener colegas que hablen bien de una a sus jefes y que éstos se los crean-. En resumen, que como bien dice mi madre, yo no tengo una flor en el culo, sino un jardín.

Y mi buena suerte me llevó a comenzar mi vida profesional como Dive Master en Coral Grand, uno de los centros de buceo más antiguos de Koh Tao. Adoro mi trabajo -cómo no hacerlo si me paso casi todo el día surcando el mar en un barco y buceando- aunque debo reconocer que al principio me estresé. Dos años sin pegar palo al agua pasan factura. Y debía volver a acostumbrarme tener horarios, jefes y responsabilidades otra vez. Y me acostumbré. Y la suerte siguió de mi lado: no sólo el trabajo me parece estupendo y facilísimo –al inicio pensé que no estaba preparada ni sería capaz-, sino que además, en las tres semanas escasas que llevo de curro, ya he visto una tortuga, tiburones de arrecife y un tiburón ballena. Mucho más de lo que vi en todo mi DMT.

Y si a ello le sumamos mi nueva casa, se entiende que me considere habitante permanente y no me quiera ir. Mi antigua vivienda era absolutamente bucólica pero muy poco práctica. Muchos bichos, demasiadas cacas de gecko y muy poca intimidad. Si planeaba quedarme en la isla por tiempo indefinido, necesitaba un hogar. Y lo encontré. Sobre una colina, con vistas al mar y a la montaña, con un huerto que riego cada día, con agua caliente, televisión por cable, cocina completamente equipada y una cama enorme y comodísima en la que por primera vez en mucho tiempo consigo descansar. Y sola. Muy importante. Sola. Los dos años de viaje en solitario me han vuelto independiente en extremo y -aunque adoro a mi ex compañero de piso- ya no aguantaba más la situación. En Koh Tao la vida social es agitada. Trabajo con gente ocho horas al día y cada noche hay algo que celebrar -alguien que se va , alguien que vuelve, un cumpleaños, un final de DMT, un final de instructor, una fiesta porque sí…-. Cuando llego a casa entre una cosa y otra, quiero estar sola. Relajarme, cargar pilas, descansar. Y ver a mis colegas con más ganas después. Lo he conseguido. Y estoy disfrutando al máximo mi nuevo espacio en mi recién estrenado hogar.

Sólo me faltan el novio y el perro. Deberemos esperar...

jueves, 23 de abril de 2009

Sant Jordi con flores y sin Ramblas

Los que me conocen saben que si hay un día que me gusta, es Sant Jordi. Hay quien adora cumplir años y no puede vivir sin una fiesta por todo lo grande. Hay quien con cuarenta años se sigue poniendo nervioso por reyes. Los hay que se deprimen si no les cae nada para su santo. Los hay que adoran armar hogueras en San Juan, los que no faltan jamás a su cita con Sitges en carnaval, los que no se pierden un Halloween. A mí, en general, todos esos días me la traen al pario. Pero Sant Jordi no. Los 23 de Abril me levanto excitada, contenta, feliz: llevo un año entero esperándolo. Quizás sea porque Barcelona se viste de rojo y de letras. Quizás, porque Cervantes y Shakespeare cumplen su aniversario. Seguramente, porque me gusta ese sol de primavera, esas Ramblas de hormigueo constante, hacerme con el último libro de mi autor favorito y que, encima, pueda firmármelo.

Me gusta tanto -tantísimo- que tengo la sana costumbre de pedirme fiesta en el trabajo. La idea de un Sant Jordi encerrada en la oficina, con la vida estallando tras los cristales de la ventana, sin que me sea permitido catarla más que en el trayecto de casa hasta el metro –de ida y de vuelta a casa-, se me hace absolutamente insoportable. Y este año, a pesar de hallarme tan lejos de casa, la tradición ha seguido presente: me tomé day off y alguien me sorprendió con una flor.

Cambié las Ramblas por Shark Bay y Freedom Beach, la primavera por el eterno verano, el picnic en la Ciutadella por una ensalada de frutas en un chirunguito a pie de playa. Cambié los libros por unas gafas, un tubo y unos pies de pato. Mis amigos de siempre por los de ahora, las rosas por flores blancas.

Y descansé de mis primeros días de trabajo.

miércoles, 8 de abril de 2009

Ya soy PADI Dive Master -o sentimientos encontrados-


El momento cumbre fue cuando Canada, mi mentor, borró mi nombre de la pizarra en la que estamos todos los dmts, con nuestras respectivas casillas a rellenar -en mi caso, ya todas completas- a medida que avanzamos en el curso. Me borró lentamente, mirándome a los ojos y sonriéndome, como si supiera perfectamente lo que yo estaba sintiendo en ese momento. Quise llorar. Pero como suele sucederme en estos casos, las lágrimas no acudieron a mi llamada. Se perdieron en algún punto entre el estómago y el lagrimal -lo que me lleva a pensar que cualquier día, quizás en mi fiesta de despedida, romperé en llanto-.

Sé que no es ningún drama. Sé que sólo es una etapa más, otra puerta que cierro, otro libro que devuelvo a la estantería tras haber paseado mis pupilas por sus páginas. Y como con mis obras favoritas, cuando una etapa de mi vida en la que he sido realmente feliz se acaba, desearía no haberla iniciado nunca -no haber abierto jamás sus tapas-. Y preservarla intacta, virgen, pura, para volver a experimentarla. Sé que no es ningún drama y, sin embargo, cerrar este libro me está costando más de lo que pensaba. Sé que seguiré en Koh Tao -sobretodo tras haber encontrado un más que probable trabajo en otro centro de la isla-, sé que puedo seguir buceando con Big Blue -gratis- cuando me plazca, que volveré a montar en sus barcos, que contemplaré muchas otras tardes la puesta de sol desde el bar, que entraré una y otra vez en la tienda como Pedro por su casa. Sé que continuaré utilizando su wireless a pie de playa, que en mi futuro inmediato no van a cambiar las caras, que seguiré viendo a mis ex-compañeros cada jornada. Sé que, incluso aunque no quedara jamás con ellos, me los tropezaría cada día en el Seven Eleven, en la calle, en el Lotus, en la ruta de camino a casa. Pero sé también que ya no podré seguir gozando de descuentos en el restaurante del centro, que ya no asistiré a ninguna de las clases, que ya no podré volver a bailar la canción de Baywatch sobre la barra.

Y que mi nombre ya no estará nunca más en la pizarra.

martes, 24 de marzo de 2009

La vida después de...


Otro contratiempo me ha tenido fuera del agua unos días -esta vez una infección en la pierna, con cirugía incluída-. Y en el fondo, no me ha importado demasiado. Por un lado sí -he pagado una pasta por este curso y no estoy buceando todo lo que me gustaría-, pero por el otro, a las fiestas, las tardes de playita y las cervezas sin remordimientos consabidas, se añade el hecho de alargar el DMT. No quiero acabarlo. A medida que veo el final del curso más y más cerca, se acrecentan las ganas de no acabarlo jamás. Me gusta mi rutina hoy en día. Me gusta pasarme el día a pie de playa, en el barco, bajo el mar. Cuando lo acabe, deberé tomar una determinación. Deberé decidir si me quedo o me voy: si me quedo, haciendo qué; si me voy, hacia dónde. Y me gustaría quedarme, pero lo encontrar trabajo de Dime Master no es tan fácil como yo creía cuando inicié el curso. Conozco a muchos que llevan meses buscando. El español juega a mi favor. Tener dos lenguas en esto -como en todo- es determinante. Pero, aún y así, el tema está mal.

Y no me quiero ir. Eso lo tengo bastante claro. Tengo mil razones para quedarme y tan sólo un puñado para reprender mis pasos de regreso a casa -ver a los míos, comerme un buen plato de paella, perderme en la atmósfera humente de una café de Gracia- o de huída hacia cualquier otro lugar -nuevas experiencias, nuevos retos, nuevos senderos por los que caminar-. Las de quedarme, sin embargo, pesan más. Ahí van:

a- Soy feliz. Creo que he encontrado mi lugar en el mundo. Al menos, hoy por hoy. Levantarse de cada treinta días, ventinueve bien, no tiene precio. Siempre existe la mañana en la que la vida te pesa y, sin saber por qué, Koh Tao no te acaba de convencer. Pero eso es algo que me pasará esté donde esté. Y en otro lugar, el porcentaje de días apagados, grises, deprimentes y aburridos siempre será mayor. Koh Tao es un regalo. Y todavía lo estoy abriendo.

b- Quiero seguir buceando de forma continuada. Quiero trabajar en esto una temporada y adquirir más experiencia. Quiero que mi día a día sigan siendo el mar, los peces, la cubierta de un barco. Quiero seguir dorándome la piel. Quiero seguir caminando descalza. Quiero amortizar mi equipo de buceo. Quiero que mi cabello siga oliendo a sal, mi cuerpo a coco, mis piés a playa.

c- He encontrado una casa que me encanta. Adoro la de ahora, pero las cacas de geckos por todas partes, los mosquitos, las tarántulas, los escorpiones, me quitan la energía en ocasiones. La que me han ofrecido ahora es una maravilla. Una habitación con dosel, televisión, armario y mesita, cocina completamente equipada y baño con agua caliente -todo un lujo en Koh Tao-. Todo por ciento cincuenta euros al mes, moto incluída. Tiene un porche enorme, además, y está situada en la cima de una colina. Queda libre el uno de mayo.Y yo quiero vivir ahí. Sola, por primera vez en mi vida.

d- Ahora que tengo amigos aquí, no quiero dejarlos. Muchos se irán en breve; otros se quedan. Por primera vez en mucho tiempo, como ya he comentado en alguna ocasión, me siento parte de una gran familia lejos de casa. Esta vez, no quiero ser la hija pródiga que se marcha lejos. Me apetece quedarme cerca de los que también se quedan. Y estar aquí para cuando vuelvan los que se marchan.

e- Los últimos días he conocido también a muchos hispano-parlantes residentes en la isla y que me hacen sentir más cerca de casa. A Mónica -mi argentina favorita- e Inma -mi única catalana- se añaden Rubén, Jordi, Dalia, Pata y tantos otros. Adoro nuestras fiestas latinas, nuestras conversaciones sin esfuerzo, nuestra complicidad, nuestras risas, nuestras idas de olla, nuestras veladas.

f- La gente pesa, pero nadie lo hace tanto como los amigos que vienen en breve: Dani, en apenas tres semanas; Matt cuando se decida a comprar el billete. Reencontrarme con gente a la que quiero de veras en esta esquina del mundo y compartir con ellos unos meses, no tiene precio. Cómo voy a irme yo ahora que llegan ellos.

Y el sol, el buen tiempo, los cocoteros, los zumos de frutas, la hamaca, los bailes sobre la arena de la playa y los sonidos de la jungla hacen el resto.

jueves, 12 de marzo de 2009

El extraño incidente de Olga a media mañana

Hacía mucho que no me pasaba ninguna de las mías. Ya sabéis a qué me refiero -algunos, muy acertadamente, las habéis bautizado como olganécdotas-. Esas situaciones que sólo pueden pasarme a mi. Entre graciosas y penosas, ridículas, histriónicas, delirantes.

Seis y media de la mañana, Koh Tao. Tras haber preparado todo lo que necesitamos para el barco y los dos buceos con el resto DMTs, me fumo un cigarrillo a pie de playa. El Dive Master se me acerca y me dice si puedo hacerle un favor: liderar a un grupo, ya que tienen muchos fun divers esa mañana. Mi ingenuidad me lleva a pronunciar un sí sin muchos reparos. He liderado en un par de ocasiones, la última ayer, y no fue mal del todo -mi único error fue ir quizás demasiado rápido, un error muy común entre principiantes, de otro lado-. Así que digo que sí, sin pararme a pensar que ayer fue bien en parte porque lo hice en Chumpon, dive site que me conozco como la palma de mi mano. Hoy era en South-West. Sólo había estado en dos ocasiones pero pensé que no habría problema, que con la brújula todo iría bien.

Me presentan a mis dos fun divers, una pareja auntraliana. Advanced. Doy el briefing. Hasta aquí todo bien. Saltamos al agua. Nadamos hasta la boya. Empezamos a descender. Bueno, empiezan. Yo sigo flotando en superfície. No entiendo el por qué. De repente caigo: he olvidado ponerme el cinturón de plomos. Mierda. Los nervios. Mierda. Mierda. Mil veces mierda. Me tranquilizo. Paso de volver al barco. Por suerte llevo un par de pesos en el chaleco. Si me concentro, habrá suficiente. Consigo descender. Primer contratiempo.

Llegamos al fondo y empiezo a guiar. Estamos en la boya este, así que debo nadar hacia el oeste. La visibilidad es una mierda, tres metros a lo sumo. Pero todavía no me preocupo. Llego a uno de los pináculos, lo rodeo, me encuentro con otros grupos de Big Blue, los saludo. Estoy bien encaminada. Pero de repente, aparezco en medio de ningun lugar. Yo sigo tirando para el oeste, pero ahí sólo hay rocas pequeñas y a mucha profundidad. No encuentro los pináculos. Estoy completamente perdida. Y la visibilidad cada vez es peor. Sigo hacia el oeste, rompiendo al norte y al sud para ver si encuentro los rocones. Pero nada. Veo un par de groupers gigantescos. Los muestro al grupo. Eso salva de momento la situación. Luego, aparecen unos bancos enormes de barracudas gigantes. Cool. Pero sigo perdida. Y, sin darme cuenta, la respiración se me ha acelerado. Miro mi aire: baja a velocidad de vértigo.

Al final, no sé como, consigo encontrar la piedra principal, completamente cubierta de anémonas. Veo de nuevo buceadores y me relajo. Pero al comprobar mi aire de nuevo, me llevo un susto: me quedan sólo cincuenta bares. Mierda. Justo ahora que encontramos la zona que buscaba, toca retirarse. Medito. Creo que encuentro la solución. Le digo a otra DMT que hay por allí que se haga cargo del grupo unos minutos más -hasta que ellos lleguen a cincuenta-, que yo debo regresar al barco antes de que se me acabe el aire. Hasta aquí, otro contratiempo.

Pero queda la parte más ridícula. Me queda poco aire y podría subir directamente a superfície sin necesidad de llegar a la boya, de no ser por el problema con mis pesos. Sólo llevo un kilo seiscientos gramos y el tanque casi vacío, corro el riesgo de subir a superfície como un globo cuando intente hacer la parada de seguridad a cinco metros. Mierda. Toca buscar la cuerda, pues. Miro la brújula y me dirijo hacia el este. La boya aparece ante mi como un milagro. Thanks God. Me agarro a la cuerda y subo hasta los cinco metros. Me dispongo a hacer la parada de seguridad. Mi ordenador marca cuatro minutos, en lugar de los tres que debería marcar. Por lo visto he subido muy rápido. Me quedan sólo treinta bares. Me encuentro a Oskar, un instructor sueco de mi centro, haciendo la parada de seguridad con su grupo. Me pregunta si estoy OK, se extraña de que esté sola pues sabe que lideraba a un grupo esta mañana. Le digo que sí. Tras treinta segundos me arrepiento y le enseño mi manómetro para que vea que me queda poco aire. Me da su octopus y respiro tranquila -nunca mejor dicho-.
Pero es una imagen penosa: la guía de un grupo respirando del regulador de otro. Esa soy yo.

miércoles, 4 de marzo de 2009

En ocasiones


En ocasiones, la vida normal se me olvida. Se me olvida lo que es coger un metro a las ocho de la mañana, se me olvidan los chillidos de la vecina del tercero en el patio de luces, se me olvida el ruido de los coches despertándome del sueño. Se me olvidan los domingos de paella en casa de mis padres, las escapadas de fin de semana a la Costa Brava, las tardes en el gimnasio, la sensación de volver de noche sola caminando por Gracia. Se me olvida lo que cuesta una peli en el cine -con sus palomitas, sus golosinas y su chocolate reglamentarios- y el café de después en el bar de la esquina para comentar la jugada. Se me olvida cómo suena el blues en directo, cómo está Plaza Calalunya por la Mercé, cómo es Barcelona en invierno. Se me olvida cómo luce un armario con ropa para cada temporada. Se me olvida cómo maquillaba mi cara, cómo caminaba con tacones, cómo me quedaban los chaquetones y las bufandas. Se me olvida el placer de tomar el primer aperitivo en una terraza con un sol de primavera recién estrenado. Se me olvida qué es no saber vivir sin teléfono móvil. Se me olvida lo que es esperar esa llamada que no llega, montar una reunión de emergencia con algún amigo y quedar desahogada. Se me olvidan los sábados noche, los domingos tarde, los lunes por la mañana. Se me olvida lo que es que recurran a mi a horas intempestivas buscando ayuda y acabar animando a esa persona urdiendo mil ideas descabelladas. Se me olvidan las tardes de confesiones, el ansia con la que esperaba aquella cena para verlos a todos, los mensajes a medianoche, los “Te quiero”, las risas en la mejor compañía, la complicidad, las miradas. Se me olvidan los abrazos de verdad, los hombros sobre los que llorar, las palmaditas en la espalda. En ocasiones -y muy a mi pesar-, se me olvida que el amor lo tengo en casa.

Vivir como vivo tiene mil cosas buenas; pero también algunas malas. Esa es una de ellas. Estar siempre de paso y cruzándote con gente que también lo está, no permite profundizar en las relaciones humanas. Lo cierto es que no me había dado cuenta de que lo echaba de menos, hasta que he vuelto a tenerlo y he caído en lo mucho que lo había echado en falta. Como dice Salinas en mi poema favorito: “Tu evidencia es el filo con que me hiere el abrazo”. Hasta que no me he fundido de nuevo en ese abrazo -sincero, verdadero, reparador- nunca había temido tanto volver a perderlo, ni me había percatado de lo mucho que lo necesitaba.

Por primera vez en mucho tiempo, me he quedado quieta. Y eso -al hilo de lo que vengo contando-, significa que me he regalado un poco de tiempo para superar la barrera de los “amigos” de copas y risas, y poder conocer a la gente con un poco más de calma. Y tras casi dos meses en la isla, he recuperado esa sensación de tener un círculo de gente en el que mi persona importa más allá de lo que haré mañana. Vuelvo a saber lo que son los besos porque sí a los que en mi vida real estoy tan acostumbrada. Los mensajes de “Gracias por haberte conocido”, los cafés con una amiga para explicarle las últimas novedades del chico que me hace gracia, las reuniones de emergencia cuando alguna de nosotras necesita una charla. Vuelvo a saber lo que se siente fundida en ese abrazo larguísimo que te inyecta energía para toda la jornada. Lo que son las noches de chicas mirando películas y comiendo cochinadas. Las llamadas a todas horas, las confesiones, la mirada cómplice entre cientos de miradas.

Y los abrazos tienen nombre propio: Josi y Evelina. La una suiza, la otra finlandesa. Dos pilares del resto de mi vida. O, como mínimo, del resto de nuestros días en Koh Tao. Y habrá más, estoy segura. Pero ellas dos son las que han calado más profundo de momento. Otras y otros, están ahí ahi -Fabio, Tim, Catriona-. Preparando su abrazo verdadero. Y yo lista para recibirlo.

viernes, 27 de febrero de 2009

El vaso medio lleno


Cuando sentí mi oído derecho destaparse con tanta furia subiendo a superfície tras una inmersión -asistiendo a un Rescue y justo en el momento en el que le robaba a Tim, el instructor, su regulador y bromeaba despreocupada-, presagié lo peor. No me dolía demasiado pero, de repente, había dejado de oír con total claridad. Al día siguiente, el médico confirmó lo que yo ya sabía -las horas de estudio de fisiología tenían que servir para algo-: reverse block. O lo que es lo mismo, estaba pagando por haber sido una idiota y haberme tomado una pastilla descongestiva esa mañana; el efecto había acabado durante la inmersión y el aire atrapado salió de golpe al subir a superfície. La solución estaba clara: tomar antibióticos para prevenir una infección y -esto es lo peor- mantenerme fuera del agua durante una semana.

En aquel momento, pensé que no lo podría soportar. Estar en una isla haciendo el Dive Master y sin poder bucear, me parecía el colmo del desastre. No imaginaba que había sido de mis días previos al Big Blue, cómo había ocupado mi tiempo las seis veces anteriores que ya estuve en Koh Tao. Recordaba habérmelo pasado muy bien, pero cómo... Era incapaz de rescatarlo del olvido.

Pero no me quedaba otra: o eso o fastidiarme el oído todavía más. Así que me porté bien. Debo reconocer que el primer día fue extraño: me había desacostumbrado a tirarme en la playa durante horas sin más actividad que la de remojarme hasta el cuello -no me puede entrar nada de agua en el oído- o charlar con algunos de mis amigos del centro que por problemas varios tampoco pueden bucear. Poco a poco, sin embargo, le cogí el gustillo. Y recordé el placer de no hacer nada más que tumbarme al sol, de llegar a la noche fresca y con ganas de salir, de irme de fiesta sin tener que retirarme pronto por miedo al despertador del día después. A veces -debo reconocerlo-, echo de menos el curso y me acerco al centro de buceo no sólo en busca de cháchara, sino también de actividad. Ayudo en la tienda, estudio y hago los exámenes que me faltan -ahora ya ninguno, en estos días me saqué de encima los dos que me quedaban: física y medioambiente-.

Y hoy, una barbacoa, dos cenas, tres fiestas y una bolera más tarde, aseguro que fastidiarse el oído tampoco está tan mal. Me quedan tres días secos más y sé que me faltarán horas para hacer todo lo que quiero antes de meterme en el agua otra vez.

El vaso medio lleno o medio vacío. He aquí la cuestión.