miércoles, 29 de octubre de 2008

Tres meses

Ayer hizo justo tres meses que hice las maletas por última vez. Tres meses desde que decidiera hacer de la nada mi patria, de Asia mi tutora, del verde y el azul mi bandera, de los pies mi vehículo, de las sonrisas mi motor, de la adrenalina mi droga, del sol mi techumbre, del calor mi abrigo, de un hombro mi amigo, de cualquier colchón un hogar. Tres meses ya. Tres meses en los que las semanas se atropellan, en los que los días y las noches se confunden, en los que el reloj avanza sin remansos ni tiempos muertos ni piedad. Tres meses ya. Tres meses, cinco aviones, diez mil kilómetros, noventa y dos lunas, veintiséis hoteles, dos pares de zapatos, nueve reencuentros, dieciocho kilos de mochila, dos trenes nocturnos, tres mil ciento cuarenta y una fotografías, tres monedas diferentes, treinta lavanderías, cuatro masajes, cientos de besos, una ración de gusanos, otra de hormigas, seis libros -de los cuales: dos de regalo, dos comprados y dos más intercambiados-, un corte de pelo, dos fiestas, cuatro room mates, cuatro países, algunas lágrimas, mil sonrisas, treinta y tres direcciones de correo electrónico, cinco amigos, muchos conocidos, varios madrugones, doce templos, algunos países con gente a la que visitar, nuevos horizontes, un cubo de recuerdos, dos libras de sueños por soñar.

Tres meses lejos de Barcelona que vienen a sumarse a los casi diez de las otras veces. Tres meses lejos de los míos, de mi habitación roja, de mi cama, de mi calle, del quiosco de la esquina. Tres meses sin llamadas ni mensajes, sin sesión golfa, sin cortados descafeinados de máquina. Tres meses sin la alegría de encontrarme el ascensor en mi rellano al salir de casa. Tres meses sin vino y sin paella, sin televisión en castellano, sin mi armario repleto de ropa y de zapatos. Tres meses sin mi gato acurrucado a mis pies, sin perfume, sin citas, sin besos en el portal, sin domingos de película y manta. Tres meses sin oír a mi madre quejarse de que no me ve el pelo -ahora me lo ve menos pero no se queja-, sin coger el metro, sin conducir mi tartana, sin mirar por la ventana de mi habitación y ver solo ropa colgada. Tres meses sin mis tres despertadores, sin pasear de noche por una calle conocida, sin saludar al panadero, sin gimnasio, sin escapadas de fin de semana. Tres meses sin pensamientos negativos, sin preocupaciones en masa, sin odiarme a mi misma por no saber lo que quiero o por saberlo demasiado bien y estar haciendo nada. Tres meses sin todo lo que me es propio pero más yo que nunca, más fiel a mi misma, más entera, mas valiente, mas sana.

Tres meses sin mi vida y más viva que nunca, sin embargo. Tres meses de los que no cambiaria ni una coma, cuando en Barcelona siempre pienso que quizás hubiera sido mejor tomar la puerta de al lago. Tres meses completa y diluida, feliz, dulce y amarga. Tres meses de quieros y puedos, de acción y reflexión, de adjetivos y verbos, exclamaciones y pausas.

martes, 28 de octubre de 2008

El intruso a medianoche

Realmente no fue a medianoche, pero me he permitido la licencia -¿poética?- de titular así, porque "madrugada" me rompía el ritmo. Pero sucedió de madrugada, a eso de las cuatro, cuando yo estaba profundamente dormida -y lo sé porque soñaba: con K, con su ordenador o con el mío, con una llamada telefónica temprana-.

Ya tenemos el escenario: cuatro de la mañana, una habitación en el tercer piso de una Guest House situada en algún punto de Chiang Mai, una chica -presente- durmiendo semidesnuda sobre una cama king size. Y de repente algo sucede que la arranca del sueño de cuajo. Se despierta sobresaltada, mira instintivamente hacia el lugar del que proviene el ruido. Y lo ve. La puerta de la habitación está abierta y hay un tío en el umbral. Se asusta. Se tapa como puede con la manta que se amontona arrugada a sus pies y le chilla algo ininteligible incluso para ella misma con el único objetivo de que el tipo se marche. Está medio dormida y le cuesta comprender. Pero el tipo no se marcha. Sigue ahí, perplejo, mirándola sin saber muy bien que hacer. Cerrar la puerta e irse sería una buena opción. Pero está demasiado borracho o demasiado excitado por la imagen medio desnuda de ella como para hacerlo. Ella gatea sobre la cama hasta alcanzar el interruptor de la luz. La enciende. Y el tío sigue ahí. Ella le grita un contundente "Go out" y él, todavía sin moverse, sólo acierta a disculparse con un "Sogggrrry, I made a mistake" pronunciado de esa manera que sólo los franceses -seguidos por los israelíes- saben hacer.. Gabacho. Gabacho tenía que ser.

Ella cierra la puerta de un portazo sin responder y se mete en la cama con el corazón palpitándole en la garganta, en las ingles, en los dedos de los pies. Tras un par de minutos, unos gemidos en la habitación contigua le impiden volver a conciliar el sueño. Por lo visto el chico ha encontrado a la chica que buscaba. Hay que joderse.

lunes, 27 de octubre de 2008

Mi mate

Pronunciado “meit” in english, nada que ver con el amargo brebaje argentino que tanto gusta por esas latitudes. No. Mate, en inglés; compañera, en cristiano. O lo que es lo mismo: Olga. El gran descubrimiento de mi mes de octubre.

Llegó hace dos semanas largas y se marchó ayer. Yo apenas la conocía. Es la cuñada de una gran amiga mía y ésta nos puso en contacto cuando yo estaba en Barcelona unos meses atrás. Olga quería trabajar como voluntaria en algún lugar de Asia y Vicky pensó que yo podría echarle una mano. Quedamos en Gracia, en la Musaraña -ahora, al escribir su nombre, una oleada de nostalgia me ha invadido-. Tomamos varios cafés y hablamos -hablé- durante un par de horas sobre el campo de refugiados Karen, sobre mi experiencia allí y lo mucho que la recomendaba. La convencí. Aunque es probable que ella ya estuviera convencida de antemano. Sólo necesitaba el último empujoncito.

La fortuna quiso que cuando llegó a Bangkok, yo estuviera también ahí y decidiera regresar con ella al campo de refugiados. Eso fue el inicio de una gran amistad -estoy absolutamente segura-. Ha sido una compañera de viaje -y experiencia- perfecta. Sin conocernos de nada, partiendo de cero -o de 0’5, si aquellas dos horas de charla en la Musaraña cuentan para algo-, hemos sabido caminar de la mano, avanzar juntas y complementarnos a la perfección. Ni una pelea. Ni una mala palabra. Sólo confesiones, debates vitales, muchas risas y alguna lágrima.

Ayer se fue. Y anteayer lo celebramos. Yo había conocido a un francés aquella tarde tomando algo en un bar y nos invitó a una fiesta por la noche. Tras una vuelta por el mercado nocturno de Chiang Mai, Lom nos vino a recoger con el coche -él vive aquí, igual que el español que después conoceríamos-. Fuimos a buscar a unos amigos suyos a un restaurante -un gallego, un suizo y el resto thais- y nos movimos a un local con espectáculo en directo para acabar en el Spicy. Qué recuerdos. El antro de más mala muerte de todo Chiang Mai, que el año pasado ya había visitado en un par de ocasiones. Hasta donde recuerdo, lo pasamos bien. Bailamos, bailamos y bailamos. Y acabamos la noche en un chiringuito comiendo sopa de noodles y comentando la jugada.

Aquella noche fue la última con Olga. Ahora toca echarla de menos.

viernes, 24 de octubre de 2008

La jaula de oro

Así titulé mi primer artículo sobre Mae Ra Moe, publicado por Lonely Planet hace casi un año. En aquella ocasión, me internaba en el campo de refugiados sin más referente que el de los noticiarios de televisión cuyas enormes explanadas polvorientas, tiendas de campaña, llantos de niños y multitudes peleándose por la ayuda internacional, me habían acompañado durante más de una sobremesa. Inconscientemente, esperaba encontrarme eso; eso que atribuimos a la expresión "campo de refugiados" en nuestro imaginario colectivo -forjado a golpe de fotografía sensacionalista, recorte de diario y reportaje de la 2-. Pero nada que ver. El campo era un lugar precioso: una maldita jaula de oro. Una puta carcel de paredes transparentes colocada en medio del paraíso. Esta segunda vez, aunque ya sabiendo de antemano lo que me esperaba, me sorprendía pensando lo mismo. Y era todavía más bonito de lo que recordaba.

La historia

La historia de los Karen tiene que ver con la nuestra. Con la de occidente y con la del daño que en su día hicimos al resto del mundo. Tiene que ver con la colonización, con los británicos, con promesas que nunca llegaron a cumplirse. Sobretodo una: la de otorgar un estado independiente a una de las etnias minorizarías de Birmania -la actual Myanmar-, los Karen. Pero los ingleses abandonaron el territorio y regresaron a Europa sin cumplir su parte del trato, dejando al país sumido en una sangrienta y nada ecuánime guerra que ya dura demasiado. Los birmanos aseguran que todo lo que queda en el interior de las fronteras les pertenece y pretenden hacerlo entender pistola en mano; los Karen encajan los golpes como pueden y siguen defendiendo que un pequeño territorio dentro de ellas debe ser su estado. El conflicto lleva perpetuándose varias décadas. Y con él la masacre, la quema de aldeas, las violaciones, las torturas, los asesinatos, las huidas al bosque -donde por increíble que parezca, existen familias enteras escondidas durante años- y los numerosos contingentes que acuden a Tailandia para ser refugiados.

El campo

El trayecto en el jeep hasta Mae Ra Moe ya me hizo retroceder en el tiempo: la misma carretera imposible, los mismos baches, el mismo volumen de fango en el que se hincaban las ruedas patinando, la misma vegetación espesa a lado y lado. En mi MP3, como siempre, Sabina. En mis venas, las ganas; en mi cabeza, la duda; en mi estómago, los nervios resonando.

Y al llegar al campo, bofetada de belleza. De verde, de agua, de risas, de sol de mediodía arrancando a la escena colores imposibles. El campo es un lugar bello. Por fuera y por dentro. Estéticamente perfecto en sus montañas verdes y frondosas, en su río de destellos plateados, en sus casas de bambú tradicionales, en sus amaneceres de postal, en sus vivos colores, en sus festivales impregnándolo todo. Espiritualmente es todavía mejor. Y no me refiero aquí a rituales, religiones ni opios del pueblo, sino a espíritu como aquello que insufla vida; y allí, de vida, van sobrados. Su desesperante situación, en lugar de amedrentar la esperanza, la espolea, la eleva al cubo, la lanza en forma de amplias sonrisas, de sueños y de ganas. Hablar con ellos ees tomar una lección de humildad, es entender que los sueños no mueren por imposibles, sino por olvidados. Y los suyos no lo están: siguen latentes, vivos, desbordados, presentes en todas y cada una de sus palabras. Creen en la paz -a pesar de estar en guerra-, creen también en la libertad -a pesar de estar amarrados-. Los pequeños quieren ser profesores, periodistas, políticos, médicos. Los mayores, ansian labrarse un futuro lejos de las cadenas que los asen al interior de unas fronteras imaginarias. Algunos lo conseguirían (existen programas para que los alumnos más destacados estudien en el extranjero, así como para familias que son acogidas por países como Canadá, Australia, Estados Unidos o Noruega); lamentablemente, no todos. Pero no importa. Sus ojos desprenden ilusión a cada palabra pronunciada.
Mae Ra Moe: 16.273 refugiados, siete secciones -como barrios-, una distancia entre punta y punta de más de hora y media caminando. Tres escuelas de secundaria, once de primaria, siete guarderías, once iglesias, dos templos budistas, una mezquita, cuatro hospitales, tres restaurantes, varias decenas de tiendas. Un pueblo en el exilio. Una típica aldea Karen de expatriados.

Mi casa

Esta vez no me alojaron con una familia, sino en la Guest House. Que aunque suene muy fashion no es más que una casa de bambú como las otras, con dos habitaciones, donde no vive nadie y que está destinada a albergar voluntarios. Al inicio pensé que no me gustaría, que hubiera sido más real volver a vivir con la familia de Mussy -sus criaturas siempre corriendo por el salón, su sobrino custodiando mis noches, y ella y yo sonriéndonos para entendernos sin hablar-. Pero me equivoqué. La Guest House ha sido una experiencia diferente. Ni mejor ni peor; pero igualmente auténtica.

La casa estaba contruída sobre pilares -para evitar inundaciones en época de monzón- y consistía en dos habitaciones, un comedor, una cocina y un cuartito en el que dormían nuestros dos ángeles -pero a ellas les dedicaré otro apartado-. El lavabo estaba fuera, en el patio, y no era más que un agujero en el suelo a modo de letrina y un enorme recipiente de agua del que con un cubo te echabas agua fría encima para ducharte.

Mi cuarto, perfecto. Una mosquitera, una esterilla en el suelo, un par de mantas, una almohada y una vela con la que poder distraer las noches cuando todo era negro ahí fuera -a las seis de la tarde se ponía el sol y no había electricidad más que en algunos puntos muy concretos del campo que cuentan con generadores-. Y, sin embargo, a pesar de las incomodidades, ahí he pasado algunas de las noches más memorables de mi vida. No tiene precio dormir totalmente integrada en la naturaleza, con el sonido del bosque como nana: los grillos, los patos, el río, las ranas, los gallos despertándote a las cinco de la mañana. Y, de tanto en tanto, los susurros apagados de mis dos ángeles al otro lado de la pared de bambú, su vela destelleando entre los tablones, el crujido de sus pasos de camino al baño.

Mis ángeles

Se llaman Snow Lay y Pow December y tienen 19 años. Vivían con nosotras, en un pequeño cuartito al lado de la cocina. Nos cuidaban. Esa era su misión. Alguien de ZOA -la ONG para la que trabajábamos- las había arrancado de sus casas -en las secciones 3 y 7 respectivamente-, para que fueran nuestras Cicerone, la muleta en la que sustentarnos estos días. Y lo fueron. Vaya si lo fueron. Nos cocinaban, nos enseñaban los rincones escondidos del campo -excursión a las cascadas incluída-, nos guiaban cuando no encontrábamos el aula -en forma de choza- en la que debíamos dar clase. Y nos amenizaron la estancia con su inocencia y su picardía, con sus canciones, con sus historias de teenagers, las visitas nocturnas de sus novietes, los bailoteos que hacían temblar la casa, mis clases de yoga que ellas seguían entre carcajadas. Todo ello cuando el sol caía -a las seis, ni un minuto más tarde-, después de cenar y con demasiadas horas sin luz para entretener por delante.




Nos emocionaron también. Las dos. Pow December con su llanto desconsolado cada vez que alguien pronunciaba que nos íbamos el viernes. Snow Lay con sus silencios que decían más que mil lágrimas.

Cómo las voy a echar de menos.

Mis alumnos y el Karen Times

Mi misión en el campo -igual que la última vez- era enseñar inglés. Pero esta vez lo encaré de modo diferente. La experiencia del año pasado me sirvió para darme cuenta de lo poco que importaba lo que enseñara o dejara de enseñar a nivel de gramática, ya que la desorganización de las clases llevaba a que eso mismo que yo explicaba ya se lo ha explicado otro antes; lo importante, aprendí, es que se divirtieran con una. Y que practicaran inglés, también, pero sobretodo que vieran que alguien se preocupaba por ellos, les hablaba, los escuchaba. Les llevaba aire fresco y se convertía en una mirilla por la que asomarse a un mundo que a ellos les estaba vedado. La otra vez entendí que lo más importante era estar, sin más. Y esta vez lo he puesto en práctica.
Así que decidí montar un diario del campo, el Karen Times, escrito por mis alumnos. Podrían practicar el writing, investigar sobre su entorno, divertirse; y ya intuí que, egoístamente, para mí, podría ser muy interesante. Y lo fue. El primer día les hice una introducción al periodismo, centrándome sólo en los diferentes géneros para que cada uno escogiera el que quería hacer; el resto de días, discusión en clase, trabajo en grupo y la teacher Olga resolviendo dudas. El último día: el resultado final. Aluciné. Sobretodo con algo tan tonto como las viñetas cómicas. Cuatro dibujos que resumen su realidad y su vida, sus ideas, sus valores, sus prejuicios. Juzgad por vosotros mismos.






Como apunte final, subrayar el respeto que allí se tiene al profesor. El silencio sepulcral en clase, la absoluta falta de absentismo escolar, sus "Good morning teacher" y "Thank you teacher" cada vez que una entra y sale del aula. Sus miradas atentas, sus preguntas inteligentes, su hambre de saber, de conocer, de ampliar sus horizontes cercados.



Mi gente

La vuelta al campo me permitió conocer nuevas personas y nuevas historias, pero sobretodo reencontrarme y profundizar en las antiguas. Mussy y familia -con nuevo bebé de apenas un mes en la casa-, Bonface -mi alumno favorito del año pasado, aunque esté mal que lo diga-, Therese y su hija Estela, encantadoras, fascinantes, despiertas; la una con 26 años se come el mundo y sólo sueña con llegar a Canadá -le han dado una plaza para irse a finales de año- y estudiar medicina, la otra con cinco aprende rápido y puede chapurrear el inglés mucho mejor de lo que muchos quisieran. Los adoro. Y me encantó poder ponernos al día frente a una taza de café en el bar, acceptar la invitación de comer en sus casas y volver a compartir un poquito de sus vidas.

Mis noches

Lo más mágico eran nuestras noches, cuando el sol se ocultaba tras las montañas, sumiendo el paisaje en una oscuridad absoluta tan sólo rota por el resplandor de las velas y sus llamas. Entones, con el día prácticamente terminado y los deberes hechos, los niños y adolescentes del campo acudían a nuestra casa en busca de entretenimiento. Lo más común eran las canciones acompañando la melodía de una guitarra y las confesiones a media luz -los bailes e imitaciones varias sólo cuando estábamos realmente animados-.

Veladas del todo inolvidables.

La despedida

El último día queríamos hacer algo diferente. En clase y en casa. En clase, lo solucioné con improvisadas lecciones de catalán y castellano a petición de los alumnos, con geografía pertinente que les ayudara a situar España en un mapa, bailando sobre la tarima La Macarena con ellos -estúpido, lo sé, pero siempre quise contrubiur a la difusión mundial de este baile y, además, pocas canciones españolas tienen una coreografía tan facilona y sencilla de enseñar y aprender-. En casa, Olga y yo decidimos darles fiesta a las niñas y encargarnos nosotras mismas de la cena. En el campo se dispone de pocos ingredientes pero había los suficientes para preparar pà amb tomàquet y tortilla de patatas. Invitamos a Bonface y Therese, dos de mis viejos amigos del año pasado. Y fue un exitazo.

Luego fiesta. La última. Una veintena de alumnos apareció por casa. Un par de guitarras, muchas risas y algunas lágrimas. Creo que fue en ese momento en el que decidí que volvería una tercera vez. Y lo sigo manteniendo.

Yo, yo misma y Olga

Siempre he pensado que el que ayuda a los demás, lo hace por si mismo en última instancia. Por egoísmo, por que en ese acto en el que está ayudando encuentra cierto placer -cierta limpieza de conciencia, cierto expiar sus pecados- que le hace sentir bien. Sigo pensándolo y lo digo. No es ninguna demostración de falsa modestia ni de palabrería barata; tengo auténtica fe en ello.

No he hecho nada grande -ni siquiera pequeño-. He hecho lo que egoístamente a mí me apetecía y me hacía feliz. Aunque siempre es mejor ser feliz haciendo el bien que haciendo el mal. Pero eso ya es otra historia.

Lo dicho, en el fondo -y a pesar de lo que pudiera parecer- sigo siendo una egoista. Una egoista cuyo capricho fue, esta vez, intentar ayudar en un campo de refugiados. Genial capricho.

Una imagen para el recuerdo...


miércoles, 15 de octubre de 2008

De aqui al campo...

Apuro mis últimas horas en Chiang Mai entre conocidos y espontáneos. Es la vida del viajero que viaja por segunda vez a un mismo sitio. Cuando ha estado el tiempo suficiente y ha interactuado con la gente, los demás lo recuerdan. No sólo fue Tim de mi Guest House, también la tailandesa del Fish’n Chips Shop, lugar que yo frecuentaba para comer masaman curry, y todo el stuff del Baiporn, donde pasé muchísimas horas entre gnochis, helados de chocolate y expressos -y cuyos empleados salieron ayer de la cocina en comitiva entre contentos y extrañados de que yo estuviera allí de nuevo, tanto tiempo después-. Y luego están los catalanes, Ramón y Nuria, una pareja que lleva cinco años afincada en esta ciudad y con la que compartí muchas sobremesas un año atrás. Ayer los contacté, sonreímos ante el reencuentro y compartimos una más.

Apuro mis últimas horas en Chiang Mai antes de tomar el autobús que me llevará a Mae Sariang, desde donde mañana por la mañana accederé al campo de refugiados. Nos vemos -leemos- en unos días. Take care!

Masaje a ciegas


Hacía mucho que lo tenía pendiente. Desde hace un año, desde que Matt y Felicity me hablaran de las manos de Nut, un tailandés ciego que tiene un centro de masaje en Chiang Mai. Y Nut sólo contrata a ciegos. Es su especialidad: masajes dados por las manos expertas de alguien que no ve. Y por todos es bien sabido que los ciegos desarrollan hasta el extremo el resto de sus sentidos. Y el tacto, como no.

Nut estaba ocupadísimo, así que he decidido que me cogiera otra chica. Han sido dos horas de masaje -sí, dos, y por sólo 5 euros- espectaculares. Lo he pasado mal, he sufrido, he mordido la almohada en ocasiones y he retorcido los dedos de los pies como si así fuera a paliar en algo el dolor. Pero ha sido espectacular. La chica me tocaba puntos que yo ni siquiera sabía que existieran, rastreaba con sus manos mi cuerpo y sabía exactamente donde apretar. Ahora me siento más ligera. Me ha recolocado el esqueleto. Estoy nueva.

Supattra Traditional, se llama el sitio. Para los que planeéis una escapadita a Chiang Mai.

(Por cierto, el OK del periódico que esperaba llegó ayer, así que podría decirse que mi viaje a Chiang Mai ha sido en balde. O no, el masaje lo justifica en parte. De todos modos, en dos días entro en el campo de refugiados. Me ha costado alguna pelea telefónica en ingles dificultoso -por ambas partes-, pero lo he conseguido. La cuestión es que como se suponía que entraba ayer con la otra Olga, nos habían hecho un pase compartico y ahora les estresaba tener que hacer otro. Pero al final, fotocopia del de Olga y arreando. El viernes estaré allí).

martes, 14 de octubre de 2008

De optimismos y demás historias

La optimista está en Chiang Mai. O, lo que es lo mismo, la optimista no ha podido entrar en el campo de refugiados. He comprobado mi correo esta mañana ya en Mae Sariang; y nada. Ni un no ni un sí. Nada. Lo que es una putada, porque sin su aprobación definitiva no podía arriesgarme a entrar en el campo y quedar incomunicada -allí no hay Internet ni teléfono- durante días. Luego es cuando les da por empezar a solicitarme cambios. Y yo feliz en el campo sin leer los correos. No podía jugármela.

Así que estoy de nuevo en Chiang Mai -tras 12 horas en autobús local hasta Mae Sariang, despedida de la otra Olga ya que ella sí que ha entrado hoy en el campo y autobús de 5 horas más hasta Chiang Mai-. Tenía ganas de estar aquí de nuevo. Puestos a esperar quién sabe cuánto por una respuesta del periódico, qué mejor que hacerlo en una de las ciudades que más me gustan del continente asiático. Es un lugar con precedentes -muchos- y necesitaba valorar si los tenías superados o si el pasado me ancla también aquí al recuerdo.

Es mi tercera vez en Chiang Mai. Y en este caso, el refrán que reza que segundas partes nunca fueron buenas se equivoca del todo. La segunda fue mucho mejor que la primera, aunque en ambas reí y lloré, bailé y me dejé caer sobre la cama derrumbada. Pero la segunda tuvo momentos mágicos, de romance, de luces sobre el río y en el cielo, de proyectos comunes, de copas de vino en la cama, de cenas para dos, de fiestas para cinco y de visitas de amigos. Ahora, en la soledad de mi paseo por esos mismos escenarios que un día estuvieron llenos, el pasado escuece un poco. Pero necesitaba sentirlo. Me siento viva en los altos y bajos, en las dudas, en las carcajadas que se suceden al poco por el llanto. Qué le voy a hacer si soy así. Prefiero las montañas rusas a los paseos en barca por un lago.

No hay dos sin tres, dicen también. Y aquí estoy para demostrarlo. Por tercera vez en el mismo lugar y en la misma Guest House, la Rama. En ella pasé algunos de los momentos más amargos de mi primer viaje; en el segundo me reconcilié con sus paredes y en el tercero me acoge familiar, dócil, amable, cargada de voces y de gestos, de experiencias, de vivencias, de recuerdos, de pasado. Tim -su propietario, un americano gay y simpatiquísimo con el que congeniamos mucho la vez anterior- ha saltado literalmente de la barra cuando me ha visto aparecer con mi mochila en la entrada. Un abrazo, una coca-cola para resumirnos nuestras respectivas vidas durante el último año y ya me vuelvo a sentir en casa. Pero una casa vacía siempre duele. Poco a poco la iré amueblando.

A la tercera va la vencida. A ver si le doy la razón al dicho y salgo de Chiang Mai sin ningún lastre con el que seguir cargando.