domingo, 28 de septiembre de 2008

Tengo novio

Tengo novio. O eso piensa media India. Ya había utilizado esta técnica con Matt y Javier cuando viajaba con ellos, pero ahora se trata de una pareja imaginaria que pulula por algún lugar de Asia y con la que en breve me reencontraré. Se trata de una suerte de mentira piadosa para que los locales me dejen tranquila. Una técnica de efectividad dudosa, la verdad.

Pero estoy tan acostumbrada a soltarlo a la primera de cambio que hoy lo he hecho con un occidental. Y estoy preocupada. ¿Estaré adquiriendo doble personalidad? ¿Me estaré creyendo mi propia bola y me deprimiré el día que vea que no me llegan rosas, que mi cama está vacía, que nadie me llama cada día para preguntarme cómo me va?

El chico en cuestión, de otro lado, no lo merecía. Se llama Gil, es israelí aunque reside en Sudáfrica y tiene novia, por lo que no había peligro de ataque indeseado. Nos hemos conocido en el autobús nocturno de Dharamsala a Manali y, aunque nos alojamos en el mismo hotel, ni siquiera estamos compartiendo habitación.

Era absolutamente innecesario. Pero me ha salido asi. Y ahora el no deja de preguntar sobre la vida de mi supuesta pareja, por qué viajamos separados, cuándo nos reencontraremos... 

sábado, 27 de septiembre de 2008

Adiós, Dharamsala

En un par de horas abandono Dharamsala. Me ha costado. Llevaba días repitiéndome que debía continuar mi camino, que al día siguiente me iba, pero luego siempre encontraba la excusa necesaria para prolongar la estancia un día más. El martes fue el hallazgo de Alberto, el miercoles el de Mauricio, el jueves la clase del Dalai Lama, el viernes el spanish team que conocí en Bagshu y ayer una boda. Esta mañana, al despertar, no sabía que me iría. Estaba dispuesta a encontrar otro pretexto para quedarme.


Pero desayunando me he encontrado con toda la trouppe -Alberto, un mallorquín, un brasileño y una israelí con los que he pasado los últimos días-. La conversación ha versado sobre cuando marchábamos y la mayoría lo hacían entre hoy y mañana. Sé por experiencia lo que es quedarse el último cuando todos tus nuevos amigos se van. Y he decidido que iba a ser la primera en abandonar el barco.


Dharamsala te atrapa. Vine para cuatro o cinco días y me he quedado casi dos semanas. Es guiri -de lo más guiri que se puede encontrar en este país-, pero tras un garbeo por la caótica, calurosa y abarrotada India, se agradece llegar a este oasis de paz, facilidades, vistas y amabilidad. Echaré de menos a los tibetanos y a su modo de hacer tranquilo y sin agobiar. Echaré de menos el dormir con dos edredones, la chaqueta cuando el sol no brilla, las bambas, los calcetines, la pashmina. Echaré de menos la terraza con vistas sobre las montañas de mi Guest House, el Bagshu Cake, el Hello to the Queen, el Buffi -no sé por qué, pero Dharamsala es el paraíso de la pastelería… quizás porque está llena de israelíes y a estos les gusta vivir bien-, los momos. Echaré de menos el que ya medio pueblo me conozca, a mis alumnos de la clase de conversación de inglés, al kashmiri de la tienda de colgantes, al limpiador de mi hotel. Echaré de menos las veladas en Bagshu, las cervezas compartidas, las noches de guitarra en el bar. Echaré de menos las estrellas de vuelta a casa, los perros ladrándome, la linterna en la oscuridad. Echaré de menos el templo, la proximidad del Dalai Lama, los monjes cenando en la mesa de al lado -ahora mismo, mientras escribía, ha pasado una procesión portando velas por delante del bar-, el museo con la historia de este pueblo que en su día me hizo llorar.

Lo echaré de menos pero debo irme. Mis pies me piden continuar.

De boda

Fue absolutamente surrealista. Ayer estuve de boda. De boda medio india, medio israelí. De boda de conveniencia -a ambos les interesaba la nacionalidad del cónyugue para vivir en su país: intereses cruzados, diría yo-. De boda interracial en un restaurante coreano situado en pleno centro tibetano en la India. Bendita globalización. A mi me gustan estas cosas. Sé que es impopular decirlo, pero me hacen gracia. Sobretodo, si suena Manu Chao de fondo y estoy sentada en una mesa con un brasileño, una kurda y un español.




viernes, 26 de septiembre de 2008

Para Dod

Este post lleva dedicatoria. No se trata de nada de mi presente, sino de mi pasado. Tiene que ver con Javier y conmigo. Con Nepal. Con la nueva religión que creamos juntos, el Proteoceísmo -un canto a la naturaleza y a ese primer ente que creó la vida en el planeta-. Con esos Diez Remiendos tan idiotas y a la vez tan inteligentes. Algún día os los cuento. De momento, ahí van algunos -la conexión a Internet de este país no da para más y suben muy lentos-. Pero iré subiendo más.
Enjoy!


(



La manera en la que el Dios Protozoo -que vive en Cullera para el que quiera entrevistarlo- se manifestaba para que el profeta Javier difundiera al mundo sus palabras, era de lo mas extraña. Los remiendos se las traen, ya veréis. Pero si se piensan un poco tienen todo el sentido del mundo. Os reto a que los descifréis.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Encuentros


La suerte sigue de mi lado. Ayer, tras unas coca-colas con una pareja de americanos, Amit -mi profesor de yoga- y su hermano, en las que básicamente nos enseñamos palabras malsonantes en nuestros respectivos idiomas -¿por qué siempre acaba sucediendo lo mismo cuando conoces a gente de otras nacionalidades?-, me encontré con Alberto. Era hora de cenar, así que decimos ir en busca de un lugar en el que poder hacerlo. Y de repente, en aquel restaurante, lo vi: Mauricio. Muchos no sabréis quién es, pero se trata de uno de esos nuevos-viejos amigos que encontré por el camino. En Risickesh, concretamente; hace un mes, para ser más exactos.

Lo celebramos subiendo al terrado de mi casa a echar unos pitillos y mirar las estrellas. Y es que es para celebrarlo. Es lo más parecido a un amigo que puedo encontrar aquí, en Asia -con la excepción de Oscar y Matt-. Ya nos conocemos, ya tenemos superada esa etapa tan cansina de preguntas típicas al estilo de “¿de dónde eres?”, “¿a dónde vas?”, “¿de dónde vienes?” y ¿“por cuánto tiempo viajas?”. Y creedme, es un alivio.

(Hoy, he tenido otro encuentro digno de ser contado. Se llama Jan, es de Vic y lleva dos años y medio viajando con su caravana. Y sólo está en el ecuador de su viaje. Mamá, para que veas: los hay que están peor que yo.)

Cara a cara con el Dalai Lama


No sé si debería decir que me siento afortunada. No sé, ni tan sólo, si me siento así. Hoy he visto al Dalai Lama. Hoy he tenido la ¿suerte? de ser testigo de una de las pocas audiencias públicas que da en esta ciudad -ciudad que acoge el gobierno tibetano en el exilio desde 1960 -. No ha estado del todo mal. Tras haberme levantado a las 7:00 de la mañana para pillar un buen sitio -a lo vieja total ante la boda de una infanta o a lo adolescente histérica ante un concierto de Bisbal- me he encaminado hacia el templo en el que tienen lugar sus enseñanzas. Me he chupado media hora larga de cola y, al llegar al control, me han dicho que no podía entrar ni con la cámara ni con el móvil. De nuevo, para atrás, a deshacer la cola, a retroceder en el pueblo hasta la cafetería en la que suelo conectarme a Internet para pedirle al dueño que me guardara todos los bártulos. Y hacia el templo por segunda vez. Me he colado de todos por la cara y, al llegar hasta el lugar donde iba a ser el discurso, no cabía ni un alfiler. Madrugón para nada.

Me he conformado con sentarme fuera, ante una pantalla de televisión. Con la ¿suerte?, sin embargo, de que justo en ese momento, el Dalai Lama ha aparecido en escena seguido de mil guardaespaldas justo en frente de mi. Por lo demás, el discurso ha sido de hora y media, en inglés -qué poca consideración hacia sus seguidores tibetanos- y de una temática a caballo entre el ¨“sonreírle siempre a la vida” y “el dinero no hace la felicidad”. Tiene cara de buena persona y se descojonaba solo cada cuatro palabras. Me ha caído bien.

Pero no puedo evitar formularme una pregunta: ¿Estar ante el Papa me haría sentir afortunada? No, muy probablemente no.

Cuando todo problema es pensar cuál será el siguiente libro

Ayer acabé otro libro -La Quinta Montaña de Paulo Coelho, sí, yo también he sucumbido a la fiebre asiática por este escritor que, aunque sin convencerme en su estilo, puede llegar a entretenerme con historias bastante bien montadas-. Y es que en Dharamsala leo mucho, escribo algo y paseo poco. Estoy introspectiva. Qué se le va a hacer.

Así que, sintiendo la urgencia de hacerme con otro libro en el que sustentar mis desayunos, mis comidas y mis cenas, me encaminé hacia una de las múltiples librerías -para guiris- que copan el pueblo. Fue un tanto desalentador. Sé por experiencia que uno no puede pretender encontrar el libro de su autor favorito y en su propio idioma cuando se halla en mis circumnstancias. Pero sí algo mínimamente potable, por favor. Y no parecía que lo hubiera. A primera vista, allí no había más que libros sobre budismo, yoga, espiritualidad y auto-ayuda. Busqué un poco más. Y, finalmente, bajo un montón de polvo y papeles hallé dos libros susceptibles de acompañarme en los próximos días: Love in the time of cholera de Grabiel García Márquez y Sputnik Sweetheart del japonés Haruki Murakami. Estuve a punto de comprarme los dos. Luego pensé que mejor no, que era muy tonto acarrear con ambos con lo llenísima que iba mi mochila; y empecé a decidirme por García Márquez. No, tampoco: ya que tengo la suerte de hablar y leer el mismo idioma que el colombiano, lo mejor es esperar a encontrar el libro en castellano y no perderme ni una coma de lo que el genio quiso expresar. Finalmente tomé el de Murakami -quizás un tanto influenciada por la teoría de mi buen amigo Brig, que opina que siempre queda muy cool leer un par de novelas, aunque sean malas, de autores exóticos cuyo nombre suene bien-.

Mutakami suena bien. No cabe duda alguna. Aunque leer sobre una adolescente lesbiana enamorada de una mujer diecisiete años mayor que ella, no sé si es lo más apropiado hallándome en Dharamsala. De momento está entretenido. Os mentengo informados sobre si erré o no mi decisión.